Los siete domingos de San José

Con el incremento de la devoción a San José en el s. XIX, cobraron popularidad algunas devociones, como los siete domingos de San José. Se trata de una contemplación de los gozos y dolores de San José que preparan desde siete domingos antes a la celebración de esta fiesta.

Ofrecemos aquí una guía para la oración de estos domingos usando las reflexiones que el Papa Francisco escribió para la convocación del año de San José. Puede hacerse de forma personal o comunitaria, incluso al final de la celebración de la eucaristía, antes de la bendición y despedida.

Primer Domingo
Segundo Domingo
Tercer Domingo
Cuarto Domingo
Quinto Domingo
Sexto Domingo
Séptimo Domingo


PRIMER DOMINGO DE SAN JOSÉ

V/. Le nombró administrador de su casa.
R/. Y puso en sus manos toda su hacienda. 

Contemplamos el primer dolor de San José que fue pensar en repudiar a María: 

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado (Mt 1, 18-19). 

Frente a este dolor, el gozo de la revelación por parte del ángel de la maternidad divina de María:  

Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20-21).

De la Carta Apostólica Patris corde del Papa Francisco: 

San José, el padre amado

La grandeza de san José consiste en el hecho de que fue el esposo de María y el padre de Jesús. En cuanto tal, «entró en el servicio de toda la economía de la encarnación», como dice san Juan Crisóstomo.

San Pablo VI observa que su paternidad se manifestó concretamente «al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la autoridad legal, que le correspondía en la Sagrada Familia, para hacer de ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo; al haber convertido su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí mismo, de su corazón y de toda capacidad en el amor puesto al servicio del Mesías nacido en su casa».

Por su papel en la historia de la salvación, san José es un padre que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano, como lo demuestra el hecho de que se le han dedicado numerosas iglesias en todo el mundo; que muchos institutos religiosos, hermandades y grupos eclesiales se inspiran en su espiritualidad y llevan su nombre; y que desde hace siglos se celebran en su honor diversas representaciones sagradas. Muchos santos y santas le tuvieron una gran devoción, entre ellos Teresa de Ávila, quien lo tomó como abogado e intercesor, encomendándose mucho a él y recibiendo todas las gracias que le pedía. Alentada por su experiencia, la santa persuadía a otros para que le fueran devotos.

En todos los libros de oraciones se encuentra alguna oración a san José. Invocaciones particulares que le son dirigidas todos los miércoles y especialmente durante todo el mes de marzo, tradicionalmente dedicado a él.

La confianza del pueblo en san José se resume en la expresión “Ite ad Ioseph”, que hace referencia al tiempo de hambruna en Egipto, cuando la gente le pedía pan al faraón y él les respondía: «Vayan donde José y hagan lo que él les diga» (Gn 41,55). Se trataba de José el hijo de Jacob, a quien sus hermanos vendieron por envidia (cf. Gn 37,11-28) y que —siguiendo el relato bíblico— se convirtió posteriormente en virrey de Egipto (cf. Gn 41,41-44).

Como descendiente de David (cf. Mt 1,16.20), de cuya raíz debía brotar Jesús según la promesa hecha a David por el profeta Natán (cf. 2 Sam 7), y como esposo de María de Nazaret, san José es la pieza que une el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Finaliza con la oración del Papa Francisco a San José: 

Salve, custodio del Redentor
y esposo de la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo,
en ti María depositó su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
y defiéndenos de todo mal. Amén.

SEGUNDO DOMINGO DE SAN JOSÉ

V/. Le nombró administrador de su casa.
R/. Y puso en sus manos toda su hacienda. 

Contemplamos el segundo dolor de San José que tuvo que ver nacer a Jesús en la más absoluta pobreza: 

José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada (Lc 2, 4-7).

Frente a ese dolor, el gozo de ver a los ángeles anunciar y cantar la gloria de Dios: 

El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor». De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».(Lc 2, 10-11.13-14)

De la Carta Apostólica Patris Corde del Papa Francisco: 

San José, el padre de la ternura

José vio a Jesús progresar día tras día «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Como hizo el Señor con Israel, así él “le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer” (cf. Os 11,3-4).

Jesús vio la ternura de Dios en José: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13).

En la sinagoga, durante la oración de los Salmos, José ciertamente habrá oído el eco de que el Dios de Israel es un Dios de ternura, que es bueno para todos y «su ternura alcanza a todas las criaturas» (Sal 145,9).

La historia de la salvación se cumple creyendo «contra toda esperanza» (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad. Esto es lo que hace que san Pablo diga: «Para que no me engría tengo una espina clavada en el cuerpo, un emisario de Satanás que me golpea para que no me engría. Tres veces le he pedido al Señor que la aparte de mí, y él me ha dicho: “¡Te basta mi gracia!, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad”» (2 Co 12,7-9).

Si esta es la perspectiva de la economía de la salvación, debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura.

El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salvará de la obra del Acusador (cf. Ap 12,10). Por esta razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona. La Verdad siempre se nos presenta como el Padre misericordioso de la parábola (cf. Lc 15,11-32): viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie, celebra con nosotros, porque «mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (v. 24).

También a través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su historia, su proyecto. Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia.

Finaliza con la oración del Papa Francisco a San José: 

Salve, custodio del Redentor
y esposo de la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo,
en ti María depositó su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
y defiéndenos de todo mal. Amén.

TERCER DOMINGO DE SAN JOSÉ

V/. Le nombró administrador de su casa.
R/. Y puso en sus manos toda su hacienda. 

Contemplamos el tercer dolor de San José en el momento en que Jesús derrama su sangre en la circuncisión: 

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción (Lc 2, 21).

Junto a este dolor, el gozo de obedecer el encargo del ángel e imponerle el santo nombre de Jesús: 

Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20-21).

De la Carta Apostólica Patris Corde del Papa Francisco: 

San José, padre en la obediencia

Así como Dios hizo con María cuando le manifestó su plan de salvación, también a José le reveló sus designios y lo hizo a través de sueños que, en la Biblia, como en todos los pueblos antiguos, eran considerados uno de los medios por los que Dios manifestaba su voluntad.

José estaba muy angustiado por el embarazo incomprensible de María; no quería «denunciarla públicamente», pero decidió «romper su compromiso en secreto» (Mt 1,19). En el primer sueño el ángel lo ayudó a resolver su grave dilema: «No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Su respuesta fue inmediata: «Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado» (Mt 1,24). Con la obediencia superó su drama y salvó a María.

En el segundo sueño el ángel ordenó a José: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta que te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). José no dudó en obedecer, sin cuestionarse acerca de las dificultades que podía encontrar: «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, donde estuvo hasta la muerte de Herodes» (Mt 2,14-15).

En Egipto, José esperó con confianza y paciencia el aviso prometido por el ángel para regresar a su país. Y cuando en un tercer sueño el mensajero divino, después de haberle informado que los que intentaban matar al niño habían muerto, le ordenó que se levantara, que tomase consigo al niño y a su madre y que volviera a la tierra de Israel (cf. Mt 2,19-20), él una vez más obedeció sin vacilar: «Se levantó, tomó al niño y a su madre y entró en la tierra de Israel» (Mt 2,21).

Pero durante el viaje de regreso, «al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, avisado en sueños —y es la cuarta vez que sucedió—, se retiró a la región de Galilea y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret» (Mt 2,22-23).

El evangelista Lucas, por su parte, relató que José afrontó el largo e incómodo viaje de Nazaret a Belén, según la ley del censo del emperador César Augusto, para empadronarse en su ciudad de origen. Y fue precisamente en esta circunstancia que Jesús nació y fue asentado en el censo del Imperio, como todos los demás niños (cf. Lc 2,1-7).

San Lucas, en particular, se preocupó de resaltar que los padres de Jesús observaban todas las prescripciones de la ley: los ritos de la circuncisión de Jesús, de la purificación de María después del parto, de la presentación del primogénito a Dios (cf. 2,21-24).

En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.

José, en su papel de cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus padres, según el mandamiento de Dios (cf. Ex 20,12).

En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre. Dicha voluntad se transformó en su alimento diario (cf. Jn 4,34). Incluso en el momento más difícil de su vida, que fue en Getsemaní, prefirió hacer la voluntad del Padre y no la suya propia y se hizo «obediente hasta la muerte […] de cruz» (Flp 2,8). Por ello, el autor de la Carta a los Hebreos concluye que Jesús «aprendió sufriendo a obedecer» (5,8).

Todos estos acontecimientos muestran que José «ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación”».

Finaliza con la oración del Papa Francisco a San José: 

Salve, custodio del Redentor
y esposo de la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo,
en ti María depositó su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
y defiéndenos de todo mal. Amén.


Tema 14. La Santa Misa (I). Ritos iniciales

Introducción

Importancia del canto

39. Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando unidos la venida de su Señor, que canten todos juntos salmos, himnos y cánticos inspirados (cfr. Col 3,16). Pues el canto es signo de la exultación del corazón (cfr. Hch 2, 46). De ahí que San Agustín dice con razón: “Cantar es propio del que ama”, mientras que ya de tiempos muy antiguos viene el proverbio: “Quien canta bien, ora dos veces”.

40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa, atendiendo a la índole de cada pueblo y a las posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no sea siempre necesario, como por ejemplo en las Misas fériales, cantar todos los textos que de por sí se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos y fiestas de precepto.

Sin embargo, al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono.

41. En igualdad de circunstancias, dése el primer lugar al canto gregoriano, ya que es propio de la Liturgia romana. De ninguna manera se excluyan otros géneros de música sacra, especialmente la polifonía, con tal que sean conformes con el espíritu de la acción litúrgica y favorezcan la participación de todos los fieles.

Como cada día es más frecuente que se reúnan fieles de diversas naciones, conviene que esos mismos fieles sepan cantar juntos en lengua latina, por lo menos algunas partes del Ordinario de la Misa, especialmente el símbolo de la fe y la Oración del Señor, usando las melodías más fáciles.

Posturas corporales
Silencio sagrado

Ritos iniciales

Tema 13. Iniciación cristiana

UN EJEMPLO DE CATEQUESIS ANTIGUAS

CATEQUESIS DE SAN CIRILO DE JERUSALÉN

CATEQUESIS INTRODUCTORIAS

PROCATEQUESIS.

CATEQUESIS I: INVITACIÓN AL BAUTISMO

CATEQUESIS II: INVITACIÓN A LA CONVERSIÓN

CATEQUESIS III: EL BAUTISMO

CATEQUESIS IV: LOS DIEZ DOGMAS

  1. DIOS
  2. CRISTO
  3. NACIMIENTO VIRGINAL
  4. CRUZ
  5. RESURRECCIÓN
  6. JUICIO VENIDERO
  7. ESPÍRITU SANTO
  8. ALMA
  9. CUERPO
  10. NUESTRA RESURRECCIÓN

CATEQUESIS SOBRE EL SÍMBOLO

CATEQUESIS V: LA FE

CATEQUESIS Vl: El SEÑORÍO DEL DIOS ÚNICO

CATEQUESIS VII: DIOS PADRE

CATEQUESIS VIII: OMNIPOTENCIA Y PROVIDENCIA DE DIOS

CATEQUESIS IX: DIOS CREADOR DE TODAS LAS COSAS

CATEQUESIS X: UN SOLO SEÑOR JESUCRISTO

CATEQUESIS XI: EL HIJO UNIGÉNITO DE DIOS

CATEQUESIS XII: LA ENCARNACIÓN DE CRISTO

CATEQUESIS XIII: CRISTO CRUCIFICADO Y SEPULTADO

CATEQUESIS XIV: RESURRECCIÓN Y ASCENSIÓN DE JESUCRISTO

CATEQUESIS XV: LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

CATEQUESIS XVI: EL ESPÍRITU SANTO (I)

CATEQUESIS XVII: EL ESPÍRITU SANTO (II)

CATEQUESIS XVIII: LA RESURRECCIÓN UNIVERSAL, LA IGLESIA CATÓLICA, LA VIDA ETERNA

CATEQUESIS MISTAGÓGICAS

Sobre el bautismo

CATEQUESIS XIX (MISTAGÓGICA I): EL SENTIDO DE LOS RITOS BAUTISMALES REALIZADOS (I)

CATEQUESIS XX (MISTAGÓGICA II): EL SENTIDO DE LOS RITOS BAUTISMALES REALIZADOS (II)

Sobre la confirmación

CATEQUESIS XXI (MISTAGÓGICA III): LA UNCIÓN CON EL CRISMA

Sobre la eucaristía

CATEQUESIS XXII (MISTAGÓGICA IV): EL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR

CATEQUESIS XXIII (MISTAGÓGICA V): LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

ALGUNOS SÍMBOLOS MISTAGÓGICOS

  1. AGUA VIVA
  2. AGUA CALIENTE
  3. OCHO

La estrella, la cruz y Oriente

A Manu, quien me ha enseñado la importancia del oriente

La estrella de Cristo

La estrella que guía a los magos hacia el nacimiento de Cristo había sido profetizada en el antiguo testamento: era la estrella mesiánica. En la pared de la catacumba judía de Villa Torlonia, en Roma, junto a la imagen templo de Jerusalén hacia el que se dirigían los judíos para orar estaba la estrella. La estrella es el signo del Mesías, la señal de Cristo en el oriente: “Hemos visto salir su estrella en Oriente y venimos con regalos a adorar al Señor” (Antífona de comunión. Misa del día de Epifanía; cf. Mt 2, 2)

Un breve recorrido por textos de cuatro autores antiguos nos ayudará a conocer mejor la estrella mesiánica. El primero de ellos es Ignacio de Antioquía en su carta a los efesios:

Y quedó oculta al príncipe de este mundo la virginidad de María y el parto de ella. Asimismo, la muerte del Señor. Tres misterios clamorosos que tuvieron lugar en el silencio de Dios. ¿Cómo, pues, se manifestaron al mundo? Un astro brilló en el cielo por encima de todos los astros; y su luz era inefable. Su novedad produjo extrañeza y todos los demás astros, junto con el sol y la luna, hicieron coro al astro [nuevo]. Él, sin embargo, vencía con su luz a todos. Y había turbación, de dónde [podía nacer] la novedad desemejante a ellos. De ahí vino a deshacerse toda magia y a borrarse todo vínculo de malicia. Fue eliminada la ignorancia, y en manifestándose Dios humanamente para novedad de vida eterna, se deshizo el reino antiguo y tomaba comienzo lo que Dios había preparado. Por eso se conmovían todas las cosas porque se estaba tramando la abolición de la muerte.

Con la aparición del astro se están revelando los misterios, entre ellos la “muerte del Señor” y se está “tramando la abolición de la muerte”. Juan-José Ayán al comentar este texto hace notar que el sentido de la muerte es doble: por un lado la muerte física y por otro la muerte como príncipe de este mundo. Además, Ayán nos hace distinguir dos momentos de la victoria de Cristo: “a) Con su humanación va a llevar a la ruina el antiguo reino junto con todos los elementos que lo componían; b) la victoria se va a consumar en su segunda venida, cuando el mismo Thanatos sea disuelto”. Por tanto, en este texto vemos como el astro comienza la victoria sobre la muerte que será consumada con la resurrección y manifestada plenamente con la segunda venida. Precisamente, como ya comentaremos más adelante, la oración al este remite a la esperanza de esta venida y es una cruz gloriosa la que marcó la orientación de las primitivas iglesias.

El segundo es el autor de El testamento de Leví que aúna los textos de Mateo –hemos visto su estrella y venimos a adorarlo (Mt 2,2)– con el texto judío de la estrella mesiánica –avanza una estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel (Nm 24, 17)–: Su estrella se levantará en el cielo, como la de un rey.

Justino, el tercer autor, recoge, además de las anteriores, otras referencias como la de Zac 6,12 según la versión de los LXX:

El mismo Moisés ha dado a entender que él debía elevarse como un astro por la raza de Abrahán. He aquí sus palabras: ‘Se elevará un astro de Jacob y un jefe de Israel’. Otra escritura dice: ‘He aquí un hombre: su nombre es oriente. También se levantará un astro en el cielo en el tiempo de su nacimiento, como está escrito en las Memorias de sus apóstoles, los magos de Arabia, reconocen el evento, acudieron y le adoraron.

Y a todas las anteriores, Justino une la referencia de Isaías cuando escribe:

Una estrella se levantará de Jacob y una flor brotará de la raíz de Jesé y las naciones esperarán en su brazo. Una estrella luminosa se ha levantado, una flor ha brotado sobre la raíz de Jesé, esto es Cristo.

En cuarto y último lugar, San Ireneo identifica la estrella mesiánica con la que vieron los magos cuando escribe:

Una estrella se levantará de Jacob y un jefe surgirá en Israel. Pues Mateo trae así las palabras de los Magos venidos de Oriente: Hemos visto su estrella en Oriente y hemos venido a adorarle.

Portada De la Iglesia de San Juan del Mercado en Benavente, Zamora (España)

El otro signo del cielo: la cruz gloriosa.

Al comentar el primer texto ya hacíamos referencia a la cruz gloriosa. Pero, ¿qué es esta cruz y qué significa? Lejos de tener un significado sacrificial, la cruz en los primeros momentos del cristianismo manifestaba la esperanza escatológica: Cristo volvería precedido o acompañado de esta señal. Recordemos lo que dice el evangelio de Mateo (24, 30): Entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hom- bre. Todas las razas del mundo harán duelo y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria; o el libro del Apocalipsis (1, 7): Mirad: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron. Por él se lamentarán todos los pueblos de la tierra.

Quizá los escritos extrabíblicos muestran de forma más nítida esta idea. Baste un texto apócrifo y otro patrístico. El Apocalípsis de Pedro pone en boca del Señor la descripción de su retorno:

Igual que al relámpago que aparece desde Oriente hasta Poniente, así vendré sobre las nubes del cielo,… en mi gloria, mientras que mi cruz irá delante de mi rostro.

San Cirilo, también muy explícito, enseña en los siguientes términos:

El trofeo salvador de Jesús, la cruz… aparecerá de nuevo con Jesús un día, viniendo del cielo. El trofeo del rey marchará delante de él para que, viniendo a aquél a quien tras- pasaron y reconociendo en su cruz a aquél a quien han cubierto de oprobios, los judíos, cuando se conviertan, estén en la tristeza,… mientras que nosotros nos glorificaremos, enorgulleciéndonos de la cruz. ¿Cuál será el signo de su Parusía, tal que la potencia enemiga no osa imitarlo? Entonces, se dijo, aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre. El signo verdadero y propio de Cristo es la cruz. El signo de la cruz luminosa precede al rey.

La cruz y la estrella

Como hemos visto, la cruz y la estrella son símbolos de Cristo. Son símbolos luminosos y gloriosos de Cristo que lo preceden: la estrella anuncia su nacimiento y la cruz gloriosa precede su segunda venida. Contienen por tanto la esperanza de quienes oran mientras el Señor viene. Esta característica los ha hecho ser el indicador hacia donde hay que dirigir la oración: la estrella a menudo acompañaba la decoración de la sinagoga, mientras que la cruz gloriosa, dorada, entre vegetación del paraíso indicaba el oriente hacia donde los cristianos rezaban.

La Santa Misa desde el canto gregoriano 06 – Epifanía

El II domingo de Adviento hablábamos de la partícula ecce, término profético situado en multitud de cantos de aquel tiempo litúrgico. Hoy, solemnidad de la Epifanía, encontramos de nuevo y por última vez; de hecho, esta palabra aparece exactamente igual musicalizada que la primera del introito Veni et Ostende –scandicus de cuatro sonidos terminando en oriscus- que cantábamos el martes de las ferias privilegiadas. Con la misma musicalización, hablábamos aquel día de algo futuro –vendrá-; ahora, en cambio, hablamos ya de la presencia del Señor. El ecce del introito de Epifanía es el cumplimiento de un itinerario, de una profecía anunciada durante todo el Adviento.

El texto, tomado de Mal. 3, 1, dice: Ecce advenit Dominator Dominus: et regnum in manu ejus, et potestas, et imperium (Mirad cómo viene el Señor dominador: y en su mano están el reino, y la potestad, y el imperio). Compuesto en II modo y teniendo un ámbito pequeño –solo de quinta-, el canto destaca por la fuerza expresiva de varios términos, destacados mediante la notación de Saint Gall: dominator, regnum, potestas, imperium. Estas palabras aparecen unidas por la insistente conjunción et, cuya función expresiva la vemos no solo en este introito, sino en muchos otros cantos y oraciones de la Iglesia, como la comunión Lutum fecit y el Credo.

Respecto a otros cantos de la misa de este día, hacemos solo alguna consideración. El versículo del Alleluia y la antífona de comunión comparten texto (Mt. 2, 2): Vidimus stellam eius in Oriente, et venimus cum muneribus adorare Dominum (Hemos visto su estrella en el Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor). Es común encontrar la misma referencia textual en diferentes cantos del propio de la misa, como vimos también el I domingo de Adviento, pero sobre esto hablaremos más detalladamente el I domingo de Cuaresma. El tema de la adoración, presente en estos cantos, se extiende en los siguientes domingos a la Epifanía, los primeros del tiempo ordinario.

Para terminar, y en relación al figuralismo existente en este repertorio, del que hablábamos en el comentario del IV domingo de Adviento, destacar algunos momentos del ofertorio (Sal. 71, 10. 11), cuyo texto dice: Reges Tharsis et insulae munera offerent: reges Arabum et Saba dona adducent: et adorabunt eum omnes reges terrae, omnes gentes servient ei (Los reyes de Tarsis y de las islas le ofrecerán dones: los reyes de Arabia y de Saba le traerán presentes; y lo adorarán todos los reyes de la tierra; todas las gentes lo servirán). Podemos hablar, en este caso, de figuralismos asociados a la geografía. En ocasiones se han querido relacionar los pasajes melismáticos que juegan con constantes ascensos y descensos melódicos sobre las palabras Arabum y Saba con la forma de las dunas de los desiertos de estos lugares. Además, el grupo de pulsaciones unisónicas sobre Tharsis potencia la idea de un lugar lejano.

Como apéndice a nuestro tema, y siendo una cuestión que se escapa de nuestro programa, e incluso de nuestros límites, dejamos aquí una reflexión. De la lectura de los textos del versículo aleluyático, la comunión, el ofertorio y otros pasajes bíblicos, surgen dos preguntas. En primer lugar, si los sabios vieron salir una estrella en el Oriente, ¿indica que la vieron desde Occidente? Y, finalmente, como remarca también el Papa Benedicto XVI, Tharsis –Tarsis o Tartesos- era un lugar situado en el sur de la península ibérica y que se extendía hasta el norte de África. ¿Procederían entonces los sabios del extremo occidental del mundo conocido? Benedicto XVI, en su libro La infancia de Jesús, expone estas hipótesis sobre el origen de los mal llamados Reyes Magos de Oriente.

Podemos escuchar el introito en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=_sdDb75Go1o, y el ofertorio en este otro: https://www.youtube.com/watch?v=TgbpiCYL3Pw

Traslación de las reliquias de Santiago

Hoy, 30 de diciembre, la iglesia compostelana celebra la memoria de la traslación de la reliquias de la apóstol Santiago desde Jaffa al sepulcro que dió origen a la catedral. También la memoria de Santiago Apóstol en el rito hispano mozárabe se celebra hoy.

HISTORIA DE LA TRASLACIÓN DE LAS RELIQUIAS DEL APÓSTOL SANTIAGO

TEXTO DE LA LITURGIA HISPANO-MOZÁRABE

EL MOSAICO DE LA BASÍLICA DE NOTRE DAME DE FOURVIERE


La Traslación del Apóstol Santiago (30/12/2015)
http://catedraldesantiago.es/

Santiago murió en Jerusalén, decapitado por orden del Rey Agripa I, y, aunque lo lógico era que hubiera sido enterrado allí, no quedó memoria alguna de su sepultura en aquella tierra.

Hacia el año 860 el martirologio de Floro de Lyón nos dice que sus restos fueron trasladados a España, en su extremo más occidental y que allí son venerados con una veneración celebérrima. Existe una serie de textos datados entre los siglos IX y X, que a todas luces son reflejo de otros más antiguos desaparecidos. Muchas de sus afirmaciones hallaron confirmación en los hallazgos arqueológicos y epigráficos habidos en los siglos XIX y XX.

Analizando detenidamente los relatos podemos reconstruir una narración de la Traslación que podría consistir en lo siguiente.

Una vez decapitado Santiago, su cadáver fue colgado en el Desierto de Judá, que empieza en las afueras de Jerusalén, para que fuese devorado por las aves carroñeras y los animales que abundan en aquellos parajes. Sus discípulos robaron el cuerpo, lo trasladaron a Joppe o Jafa (hoy barrio de Tel Aviv) y allí lo embalsamaron. Después se embarcaron en una de las muchas embarcaciones que cruzaban el Mediterráneo en los meses primaverales y veraniegos y, tras una feliz travesía que parecería guiada por la mano del Señor, llegaron al puerto de Iria, sito en el actual Pontecesures. La insistencia de las tradiciones en ligar su llegada al actual Padrón nos indica que cambiaron de embarcación para poder navegar por el Sar.

Una vez aquí, sorprendentemente, se dirigieron a la señora o reyezuela llamada Lupa o Atia a quien pidieron permiso y un lugar para sepultura de su maestro. Ella los remitió al Prefecto romano que estaba en Dugium (Duyo). Este, quizás pensando que los discípulos eran autores de un crimen con sus maestros, los encarceló. Manos angélicas les liberaron de la prisión. Los que les perseguían en su huida perecieron al desplomarse un puente cuando lo cruzaban.

Lupa, aunque admirada, no cedió, sino que pensó en deshacerse de ellos. Fingió aceptar y les mandó a buscar un carro y bueyes para el tiro al Monte Ilicinio (Pico Sacro). Lo que allí había eran toros bravos. Estos se dejaron uncir mansamente al carro.

Lupa o Atia se hizo bautizar y compartió con el Apóstol su propio sepulcro. Siete de los discípulos regresaron a Jerusalén y dos, Atanasio y Teodoro, quedaron cuidando la tumba y a la comunidad cristiana surgida en aquel lugar. Fueron los primeros obispos de Santiago. Cuando murieron fueron sepultados a ambos lados de su maestro. Más tarde, este lugar fue incorporado a la nacida diócesis de Iria.

El sepulcro fue cuidado, probablemente escondido con acceso restringido, pero suministrando reliquias a otras iglesias hasta el siglo VIII, fecha en que el lugar se desertiza y se pierde su memoria por 100 años. Fue la época de la invasión musulmana.

Hacia el año 829 el Obispo de Iria, Teodomiro, juzgó llegado el momento de buscar la tumba perdida. La encuentra; llama al Rey Alfonso II que, pese a que el hallazgo rompía sus planes sobre Oviedo, se convence de que el hallazgo es auténtico y apoya la construcción de un Santuario y un monasterio. El Obispo de Iria traslada su residencia al Lugar de San Jacobo y 30 años después Floro testifica que su sepulcro era celebérrimo

Tradición

El primer texto que habla de la traslación de los restos del Apóstol es una epístola que se atribuye a León, obispo de Jerusalén y se dirige a francos, vándalos, visigodos y ostrogodos y por tanto se puede situar en torno al año 500. Se habla de 4 puntos geográficos de importancia:

1. Iria-Padrón, sede episcopa

2. Monte Sacro o Illicin

3. Jerusalén, lugar de la muerte de Santiago

4. Arcis Marmoricis, lugar del sepulcro.

Cuenta el obispo León en dicha epístola que durante la celebración de un sínodo se le presentaron 4 de los 7 discípulos de Santiago. Habían recogido el cadáver del Apóstol y lo habían transportado en una nave guiada por la mano de Dios. Llegaron a la confluencia del Ulla y Sar, en Galicia.

En la última frase de la carta, León exhorta a la Cristiandad a acudir allí y orar porque «Ciertamente allí yace oculto Santiago’. Las noticias de la epístola de León pasaron en seguida a los martirologios que circulaban por todo Occidente. En el S. IX, en las anotaciones correspondientes al 25 de julio se lee el párrafo siguiente: «Natividad de Santiago. Sus sagrados huesos, trasladados a España y sepultados en sus regiones occidentales, son objeto de una celebérrima veneración».

Posteriormente, siendo rey de Asturias Alfonso II el Casto y emperador de Occidente, Carlomagno, ocurrió lo siguiente: un ermitaño llamado Pelagio o Pelayo, vio una estrella posada en el bosque Libredón. Se lo comunicó al obispo Teodomiro, obispo de Iria Flavia. Fueron allí y descubrieron en la espesura la antigua capilla.

Alfonso II viajó con su corte al lugar, convirtiéndose así en el primer peregrino de la Historia. Mandó edificar una pequeña iglesia. La noticia se propagó rápidamente. Santiago, tan invocado en el S. VIII, se manifestaba al fin con la revelación de su sepulcro.

Tomado de un texto de Juan José Cebrián, canónigo de la Catedral de Santiago fallecido en 2009.

Tomado el 30.12.2020; 13:27h


Texto de la liturgia hispano-mozárabe

La liturgia hispano mozárabe contempla hoy el natalicio del apóstol Santiago tal como expresa la oración Post Nómina: «Recibe, buen Jesús, nuestras ofrendas en el día del natalicio de tu apóstol Santiago». Como es normal en la liturgia hispano mozárabe, dado que las oraciones son más narrativas que en el rito romano, se nos muestran diferentes aspectos de la vida de la apóstol Santiago. Además de la sabiduría y la doctrina del apóstol hace dos referencias a su vida:

  1. El episodio vocacional de la llamada de Jesús cuando Santiago estaba en la Barca queda reflejado en la hermosísima Oratio Admonitionis que luego continúa en el Post Sanctus:
    «Oigamos, amadísimos hermanos, a Jesús, que nos llama hacia él, como llamó al bienaventurado apóstol Santiago, cuando en la nave reparaba sus redes», «dejando a su padre Zebedeo, de tal manera lo siguió, que amándole íntimamente, fue elegido en vida, puro en su conciencia, íntegro en su doctrina».
  2. La actitud del Apóstol en el momento de la decapitación queda expresada en el Post Pridie: «con alegría, entregó su cuello al martirio».
    Efectivamente, como reza el Post Sanctus, el martirio es la confesión de quien se sabe ya redimido por la sangre de Cristo y no le importa derramar la suya: «al final de su vida, de tal manera probó su fe con las obras, que fue decapitado a causa de Aquel de quien sabía que había dado su vida por él mismo y por todos los hombres, Cristo, Señor y Redentor eterno».
    Los acontecimientos en torno al hecho mismo del martirio se encuentran narrados en la Illatio: «Santiago, el elegido, cuando era llevado al martirio sanó al paralítico que le suplicaba; y por este milagro, de tal manera convirtió el corazón de su verdugo, que instruido con los sacramentos de la fe, lo hizo llegar a la gloria del martirio. Y así, por la confesión en la fe de tu Hijo, fue decapitado, llegando en plena paz a Aquel por quien padeció el martirio. Porque él es tu unigénito Hijo, que dio su vida por la redención de muchos».

EL MOSAICO DE LA BASÍLICA DE NOTRE DAME DE FOURVIERE

En la cripta de la Basilica de Notre Dame de Fourviere, en Lyon, existe un mosaico que recoge el camino de Santiago junto a los episodios más impostantes de la vida del Apóstol.

Imagen de: http://www.mosaique-larissa.com/

Arbol de Navidad y Ramo leonés. Simbología común

Muchos piensan en el árbol de navidad como el sucedáneo aconfesional del Belén: se equivocan. El árbol de Navidad tienen un origen y simbología profundamente cristiana enraizada en la evangelización del norte de Alemania por San Bonifacio de Fulda (672-755). El ramo leonés, por su parte, es una tradición precristiana que fue introducida en la tradición de la navidad cristiana de algunas zonas hispanas y que comparte simbología con el árbol de Navidad.

A. El árbol de Navidad (P. Manuel González López-Corps).

B. La simbología común con el ramo leonés.


A. El árbol de Navidad (P. Manuel González López-Corps).

En un artículo de hace algunos años, el presbítero Manuel González López-Corps, explicaba el sentido del árbol de Navidad. Dejamos un fragmento con la posibilidad de leerlo entero.

El Árbol del Paraíso
Manuel González López-Corps, pbro.

«La tradición resalta el carácter específicamente religioso del árbol vinculado a la evangelización del Norte de Europa. San Bonifacio, el apóstol de Alemania, en el trabajo misionero realizado en Hessen, se atrevió a talar, en el año 724, el famoso roble de Geismar, lugar de culto druida, donde se habían practicado sacrificios
humanos para que la sangre renovase la vida del bosque… La catequesis que se siguió era sencilla y de fácil comprensión para aquellos hombres medievales que vivían al compás de los ritmos de la naturaleza:

  • en medio de los árboles muertos por la pérdida de la hoja,
    el abeto verde aparece como signo de Cristo, el Viviente (Ap
    1,18).
  • la sangre que nos da la vida no es la derramada en cada
    invierno sino el único sacrificio de Cristo ofrecido por muchos
    y una vez para siempre (cf Heb 10,8.12).
  • en ese árbol lleno de luz se reconoce a Aquel que es luz
    del mundo ( Jn 8,12); el que con su nacimiento nos conduce a
    Dios que habita en una luz inaccesible (1 Tim 6,16).

En los antiguos calendarios litúrgicos encontramos que el 24 de diciembre se celebra la memoria de todos los patriarcas, profetas y justos “desde Adán hasta José, el esposo de María”… En este último día del Adviento, en torno al s. XII, se representaba de manera catequética toda la historia bíblica de la salvación comenzando con el episodio del árbol del Paraíso: eran los Misterios de la salvación.
En los atrios de las iglesias o, a veces, en su interior se escenificaba la historia de la creación de Adán y Eva, la caída por el pecado y la expulsión del paraíso. Estos autos teatrales en las vísperas de la Navidad concluían con la promesa de la venida del Salvador y su Encarnación en María (cf. Gn 3, 15). Estas actuaciones giraban en
torno a un árbol decorado con manzanas, evocación del pecado, o en su defecto con bolas rojas, signo de la Redención del que cargó con nuestros pecados en el árbol de la cruz… El árbol colmado de manzanas se refería a Cristo que cargando con nuestros pecados (1 Ped 2, 24) hizo que el de la Cruz se convirtiese en árbol de vida para los que creen en Él (cf. Jn 3,15.16).
Por otra parte, la decoración de las ramas de los árboles con luces era costumbre en la cultura escandinava y germánica en el solsticio de invierno, cuando los días comienzan a crecer… Con el mismo gesto, los cristianos confesaban al Dios que brilla en la tiniebla reconocido por los pueblos por el esplendor de su luz (cf. Is 9,1; 42,16 Jn 6, 16ss Ap 21,23-4). Por ello, también prendían luces hasta la Noche santa
del nacimiento de Cristo, la luz verdadera (cf. Jn 1, 9): los creyentes e hijos de la luz (Ef 5, 8), vigilantes con las lámparas encendidas (cf. Lc 12, 35), reciben a Cristo que llega en Navidad como luz que brilla en las tinieblas ( Jn 1,5) y Sol que nace de lo alto (Lc 1,79). Parece que ambas tradiciones, el adorno con manzanas y el encendido de las velas, se fusionaron a partir del siglo XVI…
Tenemos documentado que en Estrasburgo (Alsacia), a partir de 1605 se extiende la costumbre de colgar rosas, regalos y chucherías en el pino que adorna las casas. Los dulces eran elaborados con leche y miel evocando la Tierra prometida o Paraíso (cf. Ex 3,8) al que el árbol de la Vida -símbolo de Jesucristo- daba acceso (cf. Ap 22,14). En no pocos lugares tales dulces se sustituían con eulogias, pan bendecido, que recordaban la Eucaristía (cf. Jn 6,51)».


B. La simbología común con el ramo leonés.

Un artículo de Nicolás Bartolomé Pérez y Emilio Gancedo en el diario de León nos muestra cuál es el origen y evolución del ramo:

«Verardo García Rey nos ofreció en 1934, en su obra Vocabulario del Bierzo, una de las primeras descripciones de este tipo de ramos vegetales explicando que se trataba de una rama de encina, generalmente adornada de flores, rosquillas y tortas, que llevaba un mozo a la iglesia la noche de Navidad o el día de la fiesta del patrón para celebrar la tradicional fiesta del ramo. En esta celebración participaban mozos portando cayados con vejigas hinchadas, y mozas y niñas llevando velas, colocados todos en filas y recitando cánticos alusivos a la fiesta, villancicos y diálogos o dichos comentando sucesos diversos del pueblo; la ceremonia se ofrecía a la Virgen y al niño Jesús en el altar de la iglesia, zona donde discurría la parte sustancial de la celebración. Los ramos fueron originalmente una rama vegetal a la que posteriormente se le sumaron adornos tales como cintas, velas, rosquillas o frutas, añadidos que con el tiempo adquirieron protagonismo desapareciendo el ramo vegetal para ser sustituido por un soporte de madera de formas muy diversas que se cubre y adorna con las ofrendas, quedando del ramo solo el nombre».

Introducidos desde el culto precristiano a la religiosidad popular navideña y de otras fiestas a través de estos autos y ofrendas populares, el ramo dejó de ser ramo para constituirse en un armazón triangular de madera (quizá por imitación de los tenebrarios de las iglesias) que apunta al cielo recordando la simbología que ya hemos visto en el árbol de navidad. También los frutos con que se adorna o el pan dulce pueden tener la misma simbología: los frutos del árbol de la vida y los pecados con que nosotros cargamos el árbol de la cruz. Las doce velas, como las doce estrellas del Apocalipsis que coronan el ramo simbolizan los doce días de Navidad o los doce meses del año.