El convento de San José de Ávila

Un día como hoy…

…en 1562, cuatro religiosas del convento de la Encarnación se trasladan al convento de San José junto a Santa Teresa. Se inaugura así este convento y con él la reforma teresiana.

Historia del Convento de San José

El convento de San José de Ávila fue el primero de los que fundó Teresa de Jesús dentro de la reforma del carmelo. Las carmelitas se convertían en descalzas para seguir la primitiva regla de la orden que implicaba más pobreza y entrega a la clausura.
Teresa de Jesús era monja del convento de la Encarnación de Ávila donde comenzó a tener revelaciones donde se la mostraba el nuevo camino que implicaba una gran reforma. Comienza a sopesar la posibilidad de fundar una casa en la misma ciudad gracias a la ayuda de Guiomar de Ulloa, que insiste en hacer la fundación, y al apoyo del padre provincial que ve con buenos ojos la nueva casa.
Cuando se hace pública la intención de Teresa de Jesús la ciudad de Ávila muestra su descontento ante la idea y empieza a sufrir el rechazo de los vecinos y de las respectivas autoridades, incluidas las religiosas, que poco antes le habían dado consentimiento.
Las dos mujeres, Guiomar de Ulloa y Teresa de Jesús, piden bula papal para acreditar la creación del nuevo convento y mientras llega empiezan a construir. Un hermano de Santa Teresa compra una pequeña casa para levantarla como convento aunque públicamente cuentan que es para uso personal. La propia Teresa de Jesús controla y supervisa las obras del interior ya que el exterior no se modifica mientras no lleguen los permisos papales.
Tras mucho revuelo, el 7 de febrero de 1562 llega a manos de Teresa de Jesús la bula del papa Pío IV que autoriza la fundación del convento.
Se terminan las obras del interior de una casa pequeña y estrecha con una capilla y coro en el que apenas caben las cinco religiosas que se instalarán en ella.
Oficialmente el convento queda inaugurado el 24 de agosto de 1562. Se trasladan a él cuatro religiosas de la Encarnación de Ávila y la propia Teresa de Jesús.
Con los años el convento se fue ampliando con la compra de las casas anexas y se hicieron importantes reformas, especialmente en el siglo XVII.
En la actualidad, el convento sigue estando habitado por religiosas de la orden de carmelitas descalzas que mantienen el espíritu religioso de su fundadora y renovadora de la orden.

Fuente: pares.mcu.es

Ordinario de la Misa en Rito hispano-mozárabe

RITOS INICIALES

1. El sacerdote y los ministros se dirigen al altar, mientras la schola entona el canto de entrada [el diácono puede llevar solemnemente el Evangeliario y depositarlo sobre el altar].

Praelegendum

2. El sacerdote, inclinado ante el altar, ora en silencio o recita una plegaria sacerdotal.

El sacerdote besa el altar en silencio y, mientras se canta el gloria, inciensa la cruz, el el altar, los ministros y el pueblo.

Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres
que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria
te alabamos, te bendecimos, 
te adoramos, te glorificamos,
te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso. 
Señor, Hijo único, Jesucristo,
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre, 
tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros;
tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra súplica;
tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros; 
porque solo tú eres Santo, solo tú Señor,
solo tú Altísimo, Jesucristo, 
con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Amén.

6. Después del «Gloria a Dios en el cielo» el sacerdote, con las manos extendidas, recita la oración después del Gloria. 

Oratio post gloriam

  LITURGIA DE LA PALABRA

7. El sacerdote [extendiendo las manos] saluda al pueblo diciendo:

Dominus sit semper vobiscum
El Señor esté  siempre con vosotros


El pueblo responde: 

Et cum spiritu tuo 
Y con tu espíritu


[Se puede introducir brevemente la celebración invitando a escuchar con atención y silencio la Palabra de Dios].

8. [Todos se sientan] El lector [sube al ambón y] lee la Profecía:

Prophetia

9. El coro, terminada la Profecía, canta el responsorio:

Psallendum

11. El lector lee el Apóstol:

Apostolus

12. El diácono [toma el Evangeliario del altar] se dirige al ambón, acompañado por los ministros con incienso y cirios encendidos [y otros signos autorizados por la costumbre, mientras los fieles aclaman]:  

El diácono dice [con las manos juntas]:

El Señor esté siempre con vosotros.
R/. Y con tu espíritu.

13. [Todos se disponen a escuchar el Evangelio vueltos hacia el ambón] El diácono inciensa el libro y proclama el Evangelio:

Evangelium

14. A continuación se tiene la homilía.

15. Terminada la homilía, la schola canta los «laudes».

Laudes

PREPARACIÓN DE LAS OFRENDAS

16. El coro entona el «sacrificium»; mientras [se prepara el altar], los fieles [precedidos eventualmente de incienso, cruz y cirios encendidos] llevan las ofrendas al altar [puede recibirlas el diácono o el sacerdote].

Sacrificium

17. El diácono extiende el corporal sobre el altar y coloca sobre él la patena con el pan. Echa vino y un poco de agua en el cáliz y lo coloca igualmente sobre el corporal [puede cubrir los dones con un velo]. El sacerdote dice en secreto la siguiente oración:

Mira con rostro complacido,
Dios omnipotente y eterno,
esta oblación de pan y vino 
que nosotros, indignos siervos tuyos,
colocamos sobre tu altar;
y recibe nuestra propia vida
como sacrificio agradable a ti 
para que, renovados por tu gracia,
te glorifiquemos con nuestras alabanzas.


18. El sacerdote puede incensar las ofrendas y el altar. Se lava las manos en silencio junto al altar y vuelve con los diáconos a la sede.
[La asamblea, puesta en pie, recibe la incensación]

INTERCESIONES SOLEMNES

19. El sacerdote, de pie, desde la sede, exhorta al pueblo:

Oratio admonitionis
(1ª oración)

20. El sacerdote [con las manos juntas] exhorta al pueblo a la oración diciendo:

Oremos.

Y la schola aclama Hágios [seguido por toda la asamblea]:

Hágios, Hágios, Hágios,
Domine Deus, Rex aeterne:
Tibi laudes et gratias.

Hágios, Hágios, Hágios, 
Señor Dios, Rey eterno.
A ti nuestra alabanza,
a ti nuestra acción de gracias.

 21. El diácono recita el Díptico por la Iglesia:
I. Tengamos presente  en nuestras oraciones 
a la Iglesia santa y católica;  
el Señor la haga crecer en la fe,  
la esperanza y la caridad. 

R/. Concédelo, Dios eterno y todopoderoso.

Otro diácono dice:
II. Recordemos a los pecadores, los cautivos, 
los enfermos y los emigrantes:
el Señor los mire con bondad, 
los libre, los sane y los conforte.

R/. Concédelo, Dios eterno y todopoderoso. 

22. El sacerdote [con las manos extendidas] dice la Oración entre los Dípticos:

Alia
(2ª oración)

23. Prosigue el diácono:
III. Ofrecen este sacrificio al Señor Dios 
nuestros sacerdotes: Francisco, el Papa de Roma, nuestro pastor, Fernando, Obispo de Zamora, y todos los demás Obispos,
por sí mismos y por todo el clero,
por las Iglesias que tienen encomendadas 
y por la Iglesia universal.

R/. Lo ofrecen por sí mismos 
y por la Iglesia universal. 

Otro diácono dice: 
IV.
Lo ofrecen igualmente 
todos los presbíteros, diáconos
y ministros y los fieles presentes,
en honor de los Santos, 
por sí mismos y por los suyos.

R/. Lo ofrecen por sí mismos 
y por la Iglesia universal. 

El primer diácono dice:
V.
En memoria  de los santos apóstoles y mártires, 
de la gloriosa siempre Virgen María,
de su esposo José, de Zacarías, Juan, 
los Inocentes, Esteban,  Pedro y Pablo, 
Juan, Santiago, Andrés,  Acisclo, Torcuato, Fructuoso, [Pelayo, Jorge] Félix, Vicente, 
Eulogio, Justo y Pastor,  Justa y Rufina, 
Eulalia (de Mérida),  Eulalia (de Barcelona), Leocadia.

R/. Y de todos los Mártires. 

El segundo diácono dice:
VI.
En memoria igualmente  
de los confesores [de la fe]: 
Hilario, Atanasio, Martín, Ambrosio,
Agustín, Fulgencio, Leandro, Isidoro, 
Braulio, Eugenio, Ildefonso, Julián, Atilano

R/. Y de todos los Confesores. 

El primer diácono dice:
VII.
Lo ofrece la Iglesia de Dios, santa y católica,
por las almas de todos los fieles difuntos [N],
que Dios se digne en su bondad admitirlos en
el coro de los elegidos. 

R/. Concédelo, Dios eterno y todopoderoso.

24.  Concluye el sacerdote con la Oración después de los Dípticos:

Post nomina
(3ª oración)

RITO DE LA PAZ

25. [El diácono retira el velo que cubre las ofrendas] El celebrante principal dice la oración:

Ad pacem
(4ª oración)

26. El sacerdote extiende las manos sobre el pueblo y dice:

La gracia de Dios, Padre todopoderoso,
la paz y el amor de nuestro Señor Jesucristo 
y la comunión con el Espíritu Santo
estén siempre con todos vosotros. 

R/. Y con los hombres de buena voluntad.

27. El diácono se dirige al pueblo y dice:
Daos la paz los unos a los otros.

28. Mientras el sacerdote con los ministros y los fieles entre sí se dan el saludo de la paz, entona la schola el canto de la paz:

Cantus ad pacem

Pacem meam do vobis, pacem meam comméndo vobis. Non sicut mundus dat pacem, do vobis.
Mi paz os dejo, mi paz os doy. No os doy la paz como la da el mundo.
V/. Novum mandátum do vobis ut diligátis vos ínvicem.
Un mandamiento nuevo os doy que os améis los unos a los otros.
V/. Glória et honor Patri et Fílio et Spirítui Sancto, in sæcula sæculórum. Amen.
Gloria y honor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén

PLEGARIA EUCARÍSTICA

29. El sacerdote [precedido de los presbíteros y de los ministros con incensarios humeantes] se acerca al altar y [vuelto hacia Oriente] dice:
Me acercaré al altar de Dios.

Todos responden:
R/.
A Dios, que es nuestra alegría.

El diácono dice: 
Oídos atentos al Señor.

Todos responden: 
R/.
Toda nuestra atención hacia el Señor.

El sacerdote, extendiendo [y levantando] las manos, prosigue:  
Levantemos el corazón.

Todos responden:
R/.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.

El sacerdote dice [reverentemente y juntando las manos]:  
A Dios y a nuestro Señor Jesucristo, 
Hijo de Dios, que está en el cielo, 
demos debidas gracias y alabanzas.


Todos responden: 
R/.
Es justo y necesario.

30. El sacerdote, con las manos extendidas, dice o canta:

Illatio 
(5ª oración)

31. Todos cantan:
Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dóminus Deus Sábaoth.
Pleni sunt cæli et terra glóriae maiestátis tuæ.
Hosánna Fílio David.

Benedíctus qui venit in nómine Dómini.
Hosánna in excélsis.

Hágios, Hágios, Hágios, Kýrie, o Theós.
Santo, Santo, Santo, Señor Dios del universo,
llenos están el cielo y la tierra
de tu majestad gloriosa.
Hosanna al Hijo de David.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
Hágios, Hágios, Hágios, Kyrie, o Theos.

[Según la costumbre todos se arrodillan] 

32. El sacerdote, con las manos extendidas, dice o canta la oración:

Post sanctus
(6ª oración)

33. En inmediata conexión con su final prosigue:
El cual, la víspera de su pasión, tomó pan,

Toma la patena con el pan y, elevando los ojos, continúa:
dio gracias, pronunció la bendición, 
lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:


Accípite et manducáte:
Hoc est Corpus meum
quod pro vobis tradétur.
Quotiescúmque manducavéritis,
hoc fácite in meam commemoratiónem. 
Tomad y comed:  Esto es mi Cuerpo  que será entregado por vosotros.  Cuantas veces lo comáis, hacedlo en memoria mía.

Todos responden:
Amén.

Deja la patena sobre el altar. Toma el cáliz y prosigue:
Lo mismo hizo con el cáliz, al final de la cena, diciendo:

Hic est calix novi testaménti in meo Sánguine, qui pro vobis et pro multis effundétur in remissiónem peccatórum. Quotiescúmque bibéritis, hoc fácite in meam commemoratiónem.

Este es el cáliz de la nueva alianza en mi Sangre,que será derramada por vosotros y por todos los hombres en remisión de los pecados.Cuantas veces lo bebáis,hacedlo en memoria mía.

Todos responden:
Amén.

Deja el cáliz sobre el altar y, con las manos extendidas, dice:
Cuantas veces comáis este pan 
y bebáis este cáliz, 
anunciaréis la muerte del Señor 
hasta que venga glorioso desde el cielo.

Todos aclaman:
¡Así lo creemos, Señor Jesús! 

34. El sacerdote, con las manos extendidas, dice o canta la oración:

Post pridie
(6ª oración bis)

RITO DE LA COMUNIÓN  

36.El sacerdote [con las manos juntas] exhorta al pueblo diciendo:

Profesemos con los labios la fe que llevamos en el corazón. 

Todos proclaman:

Creemos en un solo Dios Padre todopoderoso,
hacedor del cielo y de la tierra,
creador de todo lo visible y lo invisible.

Y en un solo Señor nuestro Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos.
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
nacido, no hecho, omoúsion con el Padre,
es decir, de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho,
en el cielo y en la tierra.
Que por nosotros, los hombres,
y por nuestra salvación bajó del cielo,

[Nos inclinamos profundamente en adoración y confesamos]
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre;
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue sepultado, resucitó al tercer día, 
subió al cielo,
está sentado a la derecha 
de Dios Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin. 

Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo

ha de ser adorado y glorificado,
y que habló por los profetas. 

Y en la Iglesia
que es una, santa, católica y apostólica.
Confesamos que hay un solo bautismo
para el perdón de los pecados,
esperamos la resurrección de los muertos,
y la vida del mundo futuro.
Amén.


37. El coro entona:

Cantus ad confractionem

Durante el canto, el sacerdote parte el pan consagrado y, mientras  coloca las partículas en forma de cruz sobre la patena, va evocando los misterios de Cristo que se celebran en el año litúrgico: 

38. El sacerdote dice con las manos juntas: 
Oremos.                       
A continuación recita la introducción al Padre nuestro:

Ad orationem dominicam
(7ª oración)

39. El sacerdote prosigue sin interrupción, con las manos extendidas. [El pueblo puede orar de la misma manera]

Pater noster qui es in caelis; 
sanctificétur nomen tuum. 

R/. Amen.
Advéniat regnum tuum.
R/. Amen
Fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.
R/. Amen.
Panem nostrum quotidiánum da nobis hódie.
R/. Amen.
Et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris.
R/. Amen.
Et ne nos indúcas in  tentatiónem.
R/. Amen.
Sed líberanos a malo.
R/. Amen.

Prosigue el sacerdote:
Libres del mal, confirmados siempre en el bien,
podamos servirte, Dios y Señor nuestro.
Pon término, Señor, a nuestros pecados,
alegra a los afligidos, 
redime a los cautivos, 
sana a los enfermos
y da el descanso a los difuntos.
Concede paz y seguridad a nuestros días,
quebranta la audacia de nuestros enemigos
y escucha, oh Dios, las oraciones de tus siervos,
de todos los fieles cristianos, 
en este día y en todo tiempo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por todos los siglos de los siglos.
R/. Amén.

40. El sacerdote eleva un poco la patena y el cáliz, mostrándolos al pueblo, y dice:
Sancta sanctis. 
Lo santo para los santos

Según la costumbre, puede cantarse:
Hágios, Hágios, Hágios,
solo Tú eres Santo,
solo Tú, Señor,
solo Tú, Santísimo. 

41. Deposita sobre el altar la patena y el cáliz y, tomando la partícula -regnum- la deja caer en el cáliz, diciendo en voz baja: 
Y la conjunción del Cuerpo y de la Sangre 
de nuestro Señor Jesucristo
sea causa de perdón para nosotros, 
que la tomamos y bebemos,
y de eterno descanso para los fieles difuntos.

[También puede mostrar la partícula regnum ya sobre el cáliz]

42. El diácono se dirige al pueblo y dice: 
Inclinaos para recibir la bendición. 

Todos responden: 
Demos gracias a Dios.

El sacerdote dice: 
El Señor esté siempre con vosotros. 

Todos responden: 
Y con tu espíritu. 

Y el sacerdote, extendiendo las manos sobre el pueblo, imparte la bendición. 

Benedictio

43. Antes de comulgar, el sacerdote dice en secreto una oración:

La comunión de este sacramento, Señor,
limpie las manchas de mis pecados
y me haga digno de cumplir el ministerio
que tengo encomendado;
encuentre en él, ayudado por ti,
apoyo en mi debilidad, santidad de vida
y gozo perpetuo en la compañía de tus Santos.


Recibe el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor y lo da a continuación al diácono.
[Después, los presbíteros reciben el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor]


44. El sacerdote distribuye a los fieles el sacramento del Cuerpo del Señor, diciendo a cada uno:
El Cuerpo de Cristo sea tu salvación.

[Cada uno puede responder:
Amén.]

El diácono da a beber del cáliz diciendo:
La Sangre de Cristo permanezca contigo
como verdadera redención.


[Cada uno puede responder:
Amén.]                                

Durante la distribución de la comunión, se canta:

Cantus ad accedentes

Gustáte et vidéte quam suávis est Dóminus,
allelúia, allelúia, allelúia.

Gustad y ved qué bueno es el Señor. Aleluya, aleluya, aleluya
V/. Benedícam Dóminum in omni témpore,
semper laus eius in ore meo.

R/. Allelúia, allelúia, allelúia.
Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Aleluya, aleluya, aleluya.
V/. Redímet Dóminus ánimas servórum suórum,
et non relínquet omnes qui sperant in eum.

R/. Allelúia, allelúia, allelúia.
El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a Él. Aleluya, aleluya, aleluya.
V/. Glória et honor Patri et Fílio et Spirítui Sancto
in sæcula sæculórum. Amen.

R/. Allelúia, allelúia, allelúia.
Gloria y honor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya, aleluya, aleluya.

45. Terminada la distribución de la comunión, la schola entona [en pie] la antífona:

Antiphona post communionem

Refécti Christi córpore et sánguine,
te laudámus, Dómine.

Alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, te alabamos, Señor.
R/. Allelúia, allelúia, allelúia.

46. El sacerdote, de pie, recita [con las manos extendidas] la oración final

Completuriae

[Se dan los oportunos avisos, si los hubiere]

CONCLUSIÓN

47. El sacerdote saluda al pueblo diciendo:
El Señor esté siempre con vosotros.

Todos responden:  
Y con tu espíritu.

[Statio mariana]

El diácono dice:

Nuestra celebración ha terminado. 
En nombre de nuestro Señor Jesucristo,
Dios acepte nuestros deseos y plegarias en paz.


Todos responden:
Demos gracias a Dios. 

El sacerdote [con el diácono] besa el altar y, hecha la debida reverencia con los ministros, se retira.

San Pío V

Celebramos San Pío V. El Papa que tuvo que poner el marcha el Concilio de Trento, potenciar la evangelización de América y frenar el avance de los turcos y la progresiva protestantización del norte de Europa.

Antonio Ghislieri nació el 17 de enero de 1504 recibiendo el nombre del santo del día, Antonio Abad. Profesó en la Orden de Predicadores en 1521 a los diecisiete años a de edad en Vigevano con el nombre de Miguel. Formado en Bolonia fue lector de filosofía y teología en Pavía. Julio III lo designa en 1551 Comisario General del Santo Oficio; Pablo IV lo nombre en 1556 obispo de Sutri y Nepi, en 1557 Cardenal y en 1560 lo traslada a Mondovi.

Elegido Papa en 7 de enero de 1566, fue coronado el día que cumplía 62 años de edad, el 17 de enero. Llevó a la Curia Romana el estilo monástico de la Orden de Predicadores y continuó con la obra de su predecesor que había concluido el Concilio de Trento. Pío V promulgó el Catecismo Romano (1566), el Breviario Romano (1568) y el Misal (1570).

Los dos grandes peligros de su pontificado lo constituyeron el avance de los turcos vencidos por la Liga Santa (coalición política entre España, Venecia y la Santa Sede) y el auge del protestantismo al que hubo de contestar, por ejemplo, con la excomunión de Isabel I de Inglaterra. Contra el protestantismo y en favor de la evangelización de América crea dos congregaciones de cardenales, germen de la posterior Sagrada Congregación De Propaganda Fidei (1622).


La restauración del diaconado permanente

El 18 de junio de 1967, el Papa Pablo VI firma el documento por el que se restaura el ministerio del diaconado permanente. Un ministerio de origen apostólico vinculado al servicio de los obispos en las tareas de la caridad, la predicación y la iniciación cristiana.

ESTRACTO DE LA CARTA APOSTÓLICA DADA MOTU PROPRIO
SACRUM DIACONATUS ORDINEM
Documento completo

Desde los primeros días de los Apóstoles, la Iglesia Católica ha tenido en gran veneración el orden sagrado del diaconado, como lo atestigua el mismo Apóstol de los gentiles. Expresamente envía su saludo a los diáconos junto con los obispos e instruye a Timoteo (cf. Flp 1,1) qué virtudes y cualidades deben buscarse en ellos para que sean considerados dignos de su ministerio (cf. 1 Tim 3,8-13).

Además, el Concilio Ecuménico Vaticano II, siguiendo esta antiquísima tradición, hizo mención honrosa del diaconado en la Constitución que comienza con las palabras «Lumen Gentium», donde, después de ocuparse de los obispos y de los presbíteros, elogió también la tercera rango de las órdenes sagradas, explicando su dignidad y enumerando sus funciones.

En efecto, reconociendo claramente, por un lado, que «estas funciones muy necesarias a la vida de la Iglesia, en la actual disciplina de la Iglesia latina, podrían desempeñarse con dificultad en muchas regiones», y, por otro lado, deseando hacer más adecuado disposición en un asunto de tanta importancia decretó sabiamente que «el diaconado en el futuro podría ser restaurado como un rango particular y permanente de la jerarquía» (cf. AAS 57 [1965] 36).

Aunque algunas funciones de los diáconos, especialmente en los países de misión, se acostumbran a confiar a los laicos, sin embargo, es «beneficioso que aquellos que desempeñan un ministerio verdaderamente diaconal sean fortalecidos por la imposición de manos, una tradición que se remonta a los Apóstoles». , y estar más íntimamente unidos al altar, a fin de que ejerzan más eficazmente su ministerio por la gracia sacramental del diaconado» (cf. Ad Gentes 16). Ciertamente así se manifestará con la mayor claridad la peculiaridad de este orden. No debe considerarse como un mero paso hacia el sacerdocio, sino que está tan adornado con su propio carácter indeleble y su propia gracia especial para que aquellos que son llamados a él «puedan servir permanentemente a los misterios de Cristo y de la Iglesia» (AAS 57 [1965] 46).


San Pío V

Celebramos San Pío V. El Papa que tuvo que poner el marcha el Concilio de Trento, potenciar la evangelización de América y frenar el avance de los turcos y la progresiva protestantización del norte de Europa. Antonio Ghislieri nació el 17 de enero de 1504 recibiendo el nombre del santo del día, Antonio Abad. ProfesóSigue leyendo «San Pío V»

Las letanías mayores de San Marcos

En muchos lugares el día de San Marcos, 25 de abril, se celebran procesiones y bendiciones de campos, pidiendo la protección de los campos. Éstas no son consecuencia primeramente del patronazgo del santo evangelista, sino una cristianización de celebraciones paganas en las que se daba culto a la deidad Róbigo, responsable de la roya del trigo (un hongo que puede echar a perder la cosecha).

Las letanías mayores tienen origen en la fiesta pagana que se celebraba en Roma el 25 de abril llamada fiesta de las Robigalia, y ésta consistía principalmente en una procesión, que, saliendo de la ciudad por la puerta Flaminia, se encaminaba al puente Milvio, para terminar en un Templo suburbano, sito a la Vía Claudia, y allí se inmolaba una oveja en honor de un dios o de una diosa Robigo. Así que la Letanía Mayor no consistió sino en sustituir con una ceremonia cristiana la anterior pagana. El recorrido de la procesión lo conocemos por una convocatoria de San Gregorio Magno, siendo casi el mismo que el de la procesión pagana. Todos los fieles cristianos de Roma iban a la Iglesia de San Lorenzo in Lucina, la más próxima a la puerta Flaminia. La procesión salía por esa misma puerta, hacía estación en San Valentín, atravesaba por el puente Milvio, y de allí torcía a la izquierda en dirección al Vaticano. Después de detenerse junto a una cruz, entraba en la Basílica de San Pedro, en donde se celebraban los Divinos Misterios. Estas letanías se rezaban en toda la Iglesia para ahuyentar los malos temporales y atraer las bendiciones de Dios sobre las mieses. «Dígnate, Señor, conservar y dar los frutos de la tierra; te rogamos, Señor que nos oigas» canta la Iglesia al recorrer procesionalmente los campos.

Fuente: http://misagregorianatoledo.blogspot.com/

San Jorge, la santidad que sobrevive al verdugo

El 23 de abril se celebra San Jorge, patrono de Cataluña. Quizá lo más conocido de la legendaria vida de San Jorge sea aquel episodio en que vence al dragón que tenía aterroriza a toda Libia. Sin embargo, otro aspecto de la vida de San Jorge nos hace esforzarnos por resistir al mal: tuvo un largo martirio por profesar su fe legando a ver morir al emperador y los reyes que lo condenaron. Y es que la bondad y la santidad siempre sobreviven al pecado y al verdugo.

San Jorge

Jorge era casi con seguridad un militar, tal vez identificado con el tribuno que se opone, rompiéndolo, al edicto de Nicomedia. El martirio duró siete años, Tuvo cominezo cuando Jorge profesó públicamente su fe cristiana, distribuyendo sus bienes entre los pobres, con ocasión de la reunión convocada con el emperador con 72 reyes para determinar algunas sanciones contra los cristianos. A Jorge se le impuso entonces realizar un sacrificio a los dioses, pero él se opuso. Por ello, entre golpes y malos tratos, fue encerrado en la cárcel donde, en visión, se le apareció el Señoir para revelarle lo largo que sería su martirio. Durante este periodo, Jorge realizó una serie de milagros fuera de lo común: él mismo resucitó tres veces y curí e hizo resucitar a otros, entre los que se encontraban 17 personas que habían muerto en el 460, abatió con un bramido todos los ídolos de un templo pagano, salió incólume tras haber sido tirado a una fosa llena de cal viva y después de haber pasado allí tres días, fue cortado en dos por una rueda con clavos y cuchillas, fue obligado a caminar con zapatos con puntas al rojo vivo; murió, al final, decapitado, no sin antes haber visto incinerados a los emperadores y a los demás 72 reyes paganos.

Fuente: A. Labate, «San Jorge», en: Diccionario de los Santos II (Madrid 2000)
Foto: historia.nationalgeographic.com.es

Espiritualidad en el séptimo día

El séptimo día, el sábado, ha sido desde antiguo (s. IX) dedicado al culto y a la contemplación de la Virgen María. No se conocen del todo los orígenes y los motivos que llevaron a establecer el sábado como el día dedicado a Santa María. Si el día del Señor conmemora cada semana la Pascua del Señor; si el jueves es eucarístico y sacerdotal por la institución de sendos sacramentos en la víspera del día de la cruz; y si los viernes son siempre penitenciales porque recordamos la redención por el árbol glorioso de la cruz; entonces podemos hacer memoria en sábado de Santa María que ‘durante el gran sábado’ cuando Cristo yacía en el sepulcro, fuerte únicamente por su fe y su esperanza, sola entre todos los discípulos, esperó vigilante la Resurrección del Señor [1].

Séptimo día, sepulcro y descanso

Sin embargo, hemos perdido un elemento importante del sábado que está mucho más en sintonía -sobre todo en la cuestión cristológica- con el recuerdo del Triduo Pascual y que la liturgia del sábado santo nos recuerda: Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos, y esperando su resurrección en oración y ayuno [2]. No en vano, el oficio de lecturas ofrece una preciosa homilía antigua sobre el Gran Sábado consistente en una descripción de los acontecimientos de la redención de Adán y, con él, de todos los hombres que estaban en el sueño del abismo [3].

Precisamente la liturgia, que actualiza los misterios a través de los signos, nos ofrece diariamente el sueño como signo del sepulcro y de la muerte en la hora litúrgica de completas. El descanso nocturno es signo del sepulcro, como el amanecer lo es de la resurrección [4]. En esta misma línea la liturgia de la misa hispano-mozárabe del sábado de la octava de pascua une la resurrección, el descanso sabático después de crear el mundo en seis días y el descanso de Cristo en el sepulcro que redime a quienes ya descansaban en el abismo. Es el abajamiento, la kénosis, el sagrado intercambio[5] en su consecuencia más honda: compartir la vida divina de aquel que ha compartido nuestro destino de yacer en un sepulcro, de descansar en el abismo.

En este día, terminadas las cosas creadas, descansó. En éste, tras morir por los que habían de ser redimidos, descansó en el sepulcro. En este día cesa en su trabajo y, sepultado, su trabajo se convierte en descanso eterno. Éste es el término de las obras y la salvación de los redimidos. Es el mismo día en que el Señor, encerrado en el sepulcro, despoja a los infiernos, arrancando de las fauces del depredador la presa predestinada (Oratio Admonitionis) [6].

Octavo día y vida eterna

El mayor de los trabajos realizados por Dios en los días de la creación ha sido la Redención por la cruz en el día sexto, para descansar en el sepulcro en el día séptimo abriéndonos a la eternidad en el día octavo: el día de la resurrección. El día octavo y la octava es, por tanto, la apertura a una nueva existencia. En palabras de San Juan Crisóstomo: La llamó octava, poniendo de manifiesto tanto el cambio de estado como la renovación de la vida futura, pues la vida presente no es otra cosa que la primera semana.

Cristo, nuestro descanso

Volviendo a los textos de la liturgia hispano-mozárabe podemos encontrar además otro signo del descanso. Si Cristo es nuestro Pan de Vida porque el partió para nosotros el pan; si Cristo es nuestro sacrificio pascual porque se dejó sacrificar en el leño santo; entonces Cristo al descansar en el sepulcro se convierte para nosotros en descanso real de los trabajos y alivio de las almas cansadas (Ad Pacem). Palabras que expresan de otra forma el mismísimo mandato de Jesús: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas (Mt 11, 28-29).

María espera la Redención

Ya indicamos que no parece estar claro el motivo por el que el sábado comenzó a tener ese carácter mariano y que habíamos olvidado esta dimensión más cristológica y soteriológica del sábado. Pero una no excluye a la otra. Un escritor del s. VI, Romano, el Cantor, pone en boca de Jesús unas palabras de consuelo dirigidas a María: ¿por qué lloras, oh María? ¿por qué, junto con las otras mujeres te abandonas al dolor? ¿cómo podría entonces salvar a Adán? ¿no he de bajar al sepulcro? ¿cómo llevaré entonces a la vida a quienes están en el Hades?. María, la nueva Eva, acompaña a Jesús en todo su misterio: se encarna en ella, permanece al lado de la cruz y del sepulcro esperando el ascenso victorioso de Cristo:

Pasados dos días, retorna victorioso, vivo de entre los muertos, el que por nosotros fue antes crucificado… Saltan de gozo por el anuncio comunicado de la resurrección los mismos que quedaron tristes por la inesperada tortura de la pasión. Reconoce la Madre esos miembros que engendró (Illatio).

Con María, descansar y contemplar

La liturgia del sábado santo y la liturgia hispano-mozárabe del sábado de la octava pueden enriquecer el argot de la religiosidad popular en torno a la memoria de Santa María en sábado. No es un día elegido por alguna suerte de azar. Es la contemplación de la Redención que penetra hasta lo más profundo del abismo. Es un descansar en Cristo todo lo que en nosotros está cansado en espera de que él lo resucite: cuerpo, alma, oración y misión. Es un contemplar desde la humildad y el silencio de María que encarna las palabras que Jeremías escribió en sus Lamentaciones: desolación, memoria, esperanza, misericordia, silencio y salvación.

No dejo de pensar en ello,
estoy desolado; 
hay algo que traigo a la memoria,
por eso esperaré: 
Que no se agota la bondad del Señor,
no se acaba su misericordia; 
se renuevan cada mañana,
¡qué grande es tu fidelidad!; 
me digo: «¡Mi lote es el Señor,
por eso esperaré en él!». 
El Señor es bueno para quien espera en él,
para quien lo busca; 
es bueno esperar en silencio
la salvación del Señor
(Lm 3, 20-26).


[1] Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 188.

[2] Misal Romano. Sábado Santo en la Pasión del Señor, 1.

[3] Segunda lectura del oficio de lecturas del Sábado Santo: El descenso del Señor al abismo. De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 439. 451. 462-463):
¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.
Va a buscar a nuestro primer padre como si este fuera la oveja perdida. Quiere visitar a «los que viven en tinieblas y en sombra de muerte». Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos». Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu». Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.
Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: “Salid”, y a los que se encuentran en las tinieblas: “Iluminaos”, y a los que duermen: “Levantaos.”
A ti te mando: «Despierta, tú que duermes», pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; «levántate de entre los muertos», pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, «semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos»; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.
Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.
Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.
Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.
El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad».

[4] Véase la oración final de las completas del viernes: Señor, Dios todopoderoso: ya que con nuestro descanso vamos a imitar a tu Hijo que reposó en el sepulcro, te pedimos que, al levantarnos mañana, le imitemos también resucitando a una vida nueva.

[5] Con sagrado intercambio nos referimos al concepto expresado en algunas oraciones, sobre todo del tiempo de Navidad y en la oración secreta de la misa en el momentos de verter el agua junto al vino en el cáliz, en que nosotros somos llamados a compartir la vida divina porque Cristo compartió nuestra condición humana.

[6] Un elenco de textos sobre el descanso (cansancio) en la liturgia de la misa hispano-mozárabe del sábado de la octava de Pascua:
En este día, terminadas las cosas creadas, descansó. En éste, tras morir por los que habían de ser redimidos, descansó en el sepulcro. En este día cesa en su trabajo y, sepultado, su trabajo se convierte en descanso eterno. Éste es el término de las obras y la salvación de los redimidos. Queda consagrado por el número siete y se nos manda santificar por el precepto de la ley antigua. Se nos manda en él huir de las obras serviles, y cultivar el ocio que favorece la piedad. Es el mismo día en que el Señor, encerrado en el sepulcro, despoja a los infiernos, arrancando de las fauces del depredador la presa predestinada (Oratio Admonitionis).
Dios, cuya operación no resulta trabajosa, cuya misericordia proporciona descanso, cuya salvación produce salud, y aleja la voluntad contraria a Dios, cúranos y sanaremos, sálvanos y quedaremos salvados. Para que nuestro Sábado, santificado con la bendición espiritual, nos resulte perfecto por los gozos pascuales (Post Nómina).
Cristo, descanso real de los trabajos y alivio de las almas cansadas, que en este séptimo día descansas perfeccionando lo que has creado y mientras redimes al hombre, dejas tu cuerpo en la quietud del sepulcro: haz que nosotros, así como en este día te ofrecemos el sacrificio de tu muerte y resurrección, rechacemos las obras de la servidumbre (Ad Pacem).
Es digno y justo que te demos gracias a ti, que siempre reinas con el Padre y el Espíritu Santo en una única divinidad, Señor Jesucristo, que tan maravillosamente nos creaste y tan misericordiosamente nos redimiste, sin cansarte en el trabajo al hacerlo (Illatio).

La dedicación de la Catedral Compostelana

El 21 de abril la Iglesia de Compostela conmemora la dedicación de su catedral que tuvo lugar en el año 1211. Según la exigencia del calendario litúrgico no siempre es posible celebrarse en este día, trasladándose de fecha si coincide en la semana santa o la octava de pascua.

Curiosos ritos ‘adornaron’ la consagración de la Catedral hace 800 años

Noticia en el Correo Gallego
(21 de abril de 2011)

Una mañana de un jueves de Semana Santa, como el de ayer pero del año 1211, se consagró la Catedral de Santiago, efeméride que ahora cumple 800 años.

El acta de esta ceremonia se conserva transcrita en el Tumbo B (libro de pergamino) que se guarda en la Biblioteca de la propia Basílica. Según este texto se sabe que ofició los actos el obispo de entonces, monseñor Pedro Muñiz, y que estuvieron presentes el rey de León, Alfonso IX, acompañado de su hijo Fernando, además de los obispos de la diócesis de Ourense, Lugo, Mondoñedo, Tui, Coria, A Guarda, Évora, Lisboa y Lamego, quienes firmaron el acta.

No faltó, tampoco, la nobleza, que fue representada por los magnates más importantes del reino por aquel entonces, como eran Rodrigo Ordóñez, mayordomo de Su Majestad o, entre otros, Nuño Núñez de Lara, que tenía como misión socorrer al arzobispo de Santiago con su propio ejército en caso de necesidad.

La Catedral de esa época era románica y Santiago era una ciudad rodeada de una gran muralla de dos kilómetros de perímetro  que le servía para protegerse de los invasores. Por sus siete puertas de entrada llegaban, sin embargo, las mercancías «desde los diversos caminos de la región», cita el Códice Calixtino.

Compostela no tenía aún su característica imagen barroca y el casco histórico apenas empezaba a nacer en tres direcciones: desde Porta do Camiño hasta la fachada Norte de la Catedral pasando por lo que hoy es Casas Reais, Cervantes y Azabachería. Desde la rúa das Fagueiras a la Rúa do Vilar. Y, en tercer lugar, «desde la Rúa de Mazarelos a las calles da Mámoa (Orfas), do Castro, dos Ferreiros (Calderería) y Preguntoiro para desembarcar en la Plaza do Campo (hoy denominada Plaza de Cervantes)», tal y como se describe en el libro Historia de la Ciudad de Santiago de Compostela, publicado por el Ayuntamiento y el Consorcio de Santiago y coordinado por Ermelindo Portela.

Pero, volviendo a la ceremonia de la consagración de la Catedral de hace 800 años, dicen los documentos de la época que todos los invitados dieron tres vueltas al exterior del templo con cánticos y oraciones antes de acceder al interior. Tras este primer momento, la ceremonia siguió con solemnes procesiones por dentro del templo, donde se habían instalado doce cruces con versos latinos, que fueron ungidas y bendecidas por el obispo.

Estas cruces, que todavía se conservan, estaban rodeadas de símbolos como el sol, la luna y la primera y última letra del alfabeto griego (alfa y omega). Y es que según la historiadora María Pilar Ramos Vicent, «hubo algunos ritos extraños» en esta ceremonia. Incluso tiempo después «al obispo de Santiago se le acusó de nigromántico y dado al estudio de la magia, tal y como nos refiere el canónigo santiagués López Ferreiro», asevera Ramos Vicent. Además, en el libro Galicia Feudal, de Victoria Armesto, se habla de Muñiz como «el obispo brujo» y «con aficiones a la magia».

Fue, por lo que parece, una ceremonia muy peculiar en un Santiago muy diferente al de hoy. No se había construido todavía la torre de la Berenguela, no existía el pazo de Raxoi ni, por supuesto, el Hostal dos Reis Católicos ni el Rectorado de la Universidad. Ni Bonaval. Santiago era una pequeña villa rodeada de huertas. De hecho, ante la propia Catedral se abría un descampado donde se instalaron los canteros que trabajaron en las obras del templo y que luego dio lugar a la Plaza del Obradoiro.

Esta consagración sí sirvió, sin embargo, para inaugurar el Pórtico de la Gloria, que se concluía ese mismo año de 1211, aunque la lluvia, el frío y el paso del tiempo lo deterioraron tanto que en el siglo XVIII se optó por construir la fachada barroca que hoy contemplamos. Y, según López Ferriero, fue también en este acto cuando se colocó la imagen sedente del Apóstol sobre el Altar Mayor del templo.

En el libro La Historia de Santiago de Compostela se lee, además, que en estos años «en las proximidades a la Catedral se fueron formando plazas (o quintanas en la terminología medieval) que daban acogida a las reuniones de la población con fines religiosos, mercantiles o políticos». La primera fue Cervantes, «pues era el lugar donde el pregonero hacía públicos los acuerdos municipales». Y por el Códice Calixtino se sabe también que en la Plaza del Paraíso se vendían conchas y emblemas de Santiago, además de todo tipo de calzados de cuero para los peregrinos.

Fuente: https://www.elcorreogallego.es/hemeroteca/curiosos-ritos-adornaron-consagracion-catedral-hace-800-anos-OECG661816

Acta de Consagración en el Tumbo B de la Catedral de Santiago de Compostela
Cruz de Consagración de la Catedral de Santiago de Compostela

León XIII y la masonería

El 20 de abril de 1884, el Papa León XIII firma una encíclica cuya enseñanza pretende contrarrestar las teorías y prácticas de ‘sectas’ que están en la línea de la masonería.

Más de 130 años después de las enseñanzas y advertencias del Papa León XIII sobre las pretensiones de la masonería y otras tantas sectas que comparten líneas ideológicas, podríamos decir que acertó en el análisis y en el rumbo que tomaría la sociedad. A finales del s. XIX la distancia geográfica, las comunicaciones y la defensa de la propia cultura hacían de cierto freno a la expansión de ideologías; hoy, el mundo globalizado, el relativismo cultural y la falta de una formación que filtre críticamente la ideología, han acelerado la consecución de las metas -lo que hoy llamamos agenda ideológica- de movimientos contrarios al hecho religioso.

La encíclica Humanum Genus (HG) de León XIII , después de resumir los antecedentes del magisterio de los Papas sobre el tema, emite un juicio de valor sobre los postulados de las sectas que, aunque diferentes en nombre, rito, forma y origen, al estar, sin embargo, asociadas entre sí por la unidad de intenciones y la identidad en sus principios fundamentales, concuerdan de hecho con la masonería (HG 7). La encíclica desarrolla algunas de estas ‘intenciones’ y propone algunos remedios para paliarlas. Al leer unas y otras podemos ver, como si fuera una profecía, una descripción de nuestro tiempo con la forma propia de expresarse en el s. XIX. A modo de ejemplo ofrecemos la descripción y el remedio sobre la educación de las jóvenes generaciones, que pasa por la unión de los esfuerzos del clero y los laicos -hoy llamado sinodalidad- y por el asociacionismo para la vivencia de fe -hoy marcado por los nuevos movimientos-:

La masonería tiene puesta también la mirada con total unión de voluntades en el monopolio de la educación de los jóvenes. Piensan que pueden modelar fácilmente a su capricho esta edad tierna y flexible y dirigirla hacia donde ellos quieren y que éste es el medio más eficaz para formar en la sociedad una generación de ciudadanos como ellos imaginan. Por esto, en materia de educación y enseñanza no permiten la menor intervención y vigilancia de los ministros de la Iglesia, y en varios lugares han conseguido que toda la educación de los jóvenes esté en manos de los laicos y que al formar los corazones infantiles nada se diga de los grandes y sagrados deberes que unen al hombre con Dios (HG 14); Unidas las fuerzas del clero y del laicado, trabajad, venerables hermanos, para que todos los hombres conozcan y amen como se debe a la Iglesia. Cuanto mayores sean este conocimiento y este amor, tanto mayores serán la huida y el rechazo de las sociedades secretas. Aprovechando justificadamente esta oportunidad, renovamos ahora nuestro encargo, ya repetido otras veces, de propagar y fomentar con toda diligencia la Orden Tercera de San Francisco, cuyas reglas con prudente moderación hemos aprobado hace poco. El único fin que le dio su autor, es atraer a los hombre a la imitación de Jesucristo, al amor de su Iglesia, al ejercicio de todas las virtudes cristianas. Grande, por consiguiente, es su eficacia para impedir el contagio de estas malvadas sociedades. Auméntese, pues, cada vez más esta santa asociación, de la cual podemos esperar muchos frutos, y especialmente el insigne fruto de que vuelvan los corazones a la libertad, fraternidad e igualdad jurídicas, no como absurdamente las conciben los masones, sino como las alcanzó Jesucristo para el género humano y las siguió San Francisco (HG 23).

Texto completo de la encíclica en PDF

San León IX

San León IX nació en 1002 en Alsacia, que formaba entonces parte del Sacro Romano Imperio. A los cinco años, Bruno, como se llamaba el futuro León IX, fue a estudiar a la escuela de Bertoldo, Obispo de Toul. En ella empezó a mostrar su talento excepcional. Terminados sus estudios, fue nombrado canónigo de la iglesia de San Esteban de Toul. Cuando el obispo de Toul murió fue elegido por el pueblo para que le sucediese. El día de la Ascensión en 1027, Bruno fue consagrado y gobernó la diócesis durante veinte años, introduciendo una disciplina más estricta entre su clero tanto secular como regular, logrando así reavivar la disciplina y el fervor de los grandes monasterios de su diócesis e introdujo en ella la reforma de Cluny. En 1048 fue nombrado sucesor del Papa Dámaso II, tomando el nombre de León IX. Durante su pontificado luchó fuertemente contra la simonía y lanzó severos decretos contra la decadencia del celibato eclesiástico. Asimismo, ayudó a promover entre el clero de Roma la vida comunitaria, así como la predicación y el canto sagrado. Murió el 19 de abril de 1054.

Fuente: aciprensa.com