La fracción del pan

En España, en la Galia y en Milán, la fracción se realizaba justo después de la contestatio, quizás a veces en relación con la epíclesis. Fue Gregorio el Grande quien transfirió la fracción romana después del Pater (Epist. IX, 12) al igual que en la liturgia constantinopolitana. Algunos testimonios tardíos asocian la fracción con el ministerio angélico[1].

Es cierto que, según Agustín, la fracción es parte de la anáfora: “Las oraciones [eucarísticas] consisten en la bendición y la santificación [de lo que se encuentra sobre la mesa del Señor], y luego en su fracción para su distribución” (Ep. 149, 16).

La fracción no estaba acompañada de una oración específica. Las únicas excepciones derivan de la adición de una fórmula híbrida romana como suplemento al ordo galicano (MG 272), o al contrario, de una voluntad de mantener un post mysterium a pesar de la adopción del canon romano, como en el Misal de Stowe (p. 17), que reutiliza el post mysterium MG 516; y en Milán in cena domini (Bia 452), según el post mysterium MG 31.

La fracción, que podía ser bastante larga, estaba acompañada de un canto. “Germán” (Ep. I, 24b) la menciona, y se encuentra un confractorium en Hispania, en Milán, en Irlanda (Stowe, p. 17). Se mantuvo durante algún tiempo en la liturgia romano-franca en competencia con el Agnus Dei romano[2]. A juzgar por el Misal de Stowe y la liturgia hispánica en Cuaresma[3], el Salmo 32, 22 (Fiat misericordia tua…) era el canto normal de la fracción[4]. Este versículo, que implora la bendición divina y que así hace eco a la epíclesis, era muy apropiado. Además, la tradición hispánica A asigna en Pascua un confractorium propio, Vicit leo (León, p. 286; LMS, col. 257, nota 1)[5], extraído del Apocalipsis, acorde con el simbolismo escatológico de la fracción, muy desarrollado en Hispania. Está atestiguado en una patena Hispánica del siglo VI, y, más tarde, en los antifonarios francos bajo la forma de dos antífonas más extensas: Ecce vicit leo (CAO 6616) y Dignus est (CAO 6448), que es la continuación del texto de la anterior.

El canon 3 de Tours II (567) especifica que las porciones deben disponerse sobre la patena “no según la forma de una imagen, sino según el motivo de la cruz (non in imaginario ordine sed sub crucis titulo)”[6]. Este uso está atestiguado en Hispania por Ildefonso de Toledo[7] y el Missale mixtum (col. 557)[8], en el sur de Italia[9], y en Irlanda por el Tratado sobre la Misa (nos. 17-18) del Misal de Stowe y el del Leabhar breaghs[10].


[1] Por ejemplo, los cantos de la fracción en el norte de Italia, Emitte angelum/Emitte spiritum y Multitudo angelorum, que son de origen oriental (Huglo, «Antifone», n° 8 y 5), y la Vita Samsoni del siglo VI, influenciada por el ángel del Supplices del canon romano: «Cuando él cantaba la misa, se veían a su lado los ángeles, que son eternamente los ministros del altar y del sacrificio del Dios santo, y regularmente fraccionaban la oblación con sus manos; solo él, Sansón, los veía» (ASS, Julio, VI); Pseudo-Germán, Ep. I, 24a-b (según el apotegma de los Padres del desierto, Abba Daniel, transmitido por Gregorio Magno, Dial. IV, 58) y Ep. II, 13: LMS 718 (según una versión antigua del canon romano), ver P. Cagin, Te Deum ou lllatio?, Solesmes, 1906, p. 218-221.

[2] Graduel de Saint-Yrieix, p. 30-35; Cattaneo, “I canti”, p. 160 s.; Gastoué, Le Chant, p. 9 s.; Huglo, “Antifone” (ver especialmente n° 10 Memor sil de los graduales aquitanos).

[3] Janeras, “El rito”, p. 234 (y n° 3).

[4] El Tercer Concilio de Toledo (589) añadió la forma arcaica Credimus del símbolo de Nicea al confractorium, ver J. Pinell, “Credo y comunión en la estructura de la misa hispánica según disposiciones del III Concilio de Toledo”, en Concilia III de Toledo: XIV centenario, 589-1989, Toledo, 1991, p. 333-342; se encuentra este Credimus en los graduales aquitanos.

[5] La tradición B, más antigua, indica esta pieza durante todo el tiempo pascual, pero para la conmixtión (situada en Hispania después del Pater), es decir, en preludio al Sancta sanctis (MM, col. 560 y 568), ver Brou, “Le Sancta sanctis”, p. 13 y Janeras, “El rito”, p. 226-238.

[6] Cabrol, “Fractio panis”; este canon debe relacionarse con la carta del papa Pelagio a Sapaudo de Arles (alrededor de 560) condenando la representación de un rostro humano con las porciones, ver P. Gasso y C. Batlle, Pelagii I Papae epistulae quae supersunt, Montserrat, 1956 (SD 8), p. 61.

[7] De cognitione baptismi, 19 (PL 96, 119-120).

[8] Janeras, “El rito”, p. 224-230.

[9] A. Ebner, Iter Italicum. Quellen und Forschungen zur Geschichte und Kunstgeschichte des Missale Romanum im Mittelalter, Friburgo-en-Brisgovia, 1896, p. 309.

[10] Gougaud, “Celtiques”, col. 3011-3012, quien destaca que en Irlanda los sacerdotes comparten la fracción, como sugiere la Vita Samsoni citada anteriormente.

Tradición, liturgia y arte

Virgen María, orgullo de nuestra raza


[1]Cf. Liturgia de las Horas, Común de Santa María Virgen, Laudes, Antífona 2; Ibid.,8 de diciembre: Natividad de la Bienaventurada Virgen María, II Vísperas, Antífona 2.

[2] Misal Romano, 8 de diciembre: Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, Prefacio.

Yo esperaba…

“El sumo descanso es no querer nada más que lo que piden las necesidades naturales”. Palabras del poeta Prudencio qué serían un buen consejo para el veraneo. Seguro que muchos de los lectores han tenido la experiencia de tomarse unas vacaciones o un día de descanso y terminar más cansados que cualquier otro día de labor. Nada más lejos de la intención del poeta aconsejarnos que nuestras vacaciones consistan en no hacer nada.
Más bien se refiere a un vida descansada en Dios y libre de toda preocupación superflua. “Cuando hayas de emprender el camino no tomes bastón ni andes solícito de llevar una segunda túnica; no te preocupes demasiado del día de mañana, creyendo que te va a faltar el alimento”, son las palabras con las que continúa Prudencio y parafrasean el consejo de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio.
“No querer nada más que lo que piden las necesidades” puede ser un lema espiritual que modele todas las acciones de nuestra vida en contra del tan usado ‘Yo esperaba que…’. Porque esa esperanza en las cosas del mundo que dependen de los hombres es decepcionante. ‘Yo esperaba que mis hijos y mis nietos veranearan con nosotros en el pueblo, por eso invertí mis ahorros en esta casa’, escuché de aquel hombre que, indiscutiblemente, había trabajado duro para dar a su familia lo mejor; pero sus hijos y nieto tienen otras preferencias. ‘Yo esperaba tener una parroquia con un gran proyecto de catequesis de niños y adultos’ —en el fondo todos los curas lo esperamos—, pero en los pueblos de la España vaciada, como en tantos otros lugares, es posible perder la esperanza si quieres un ‘gran proyecto’.
Si verdaderamente fueramos capaces de “no querer nada más que lo que piden las necesidades” cambiaríamos el ‘yo esperaba’ por el ‘necesitamos’. No es cuestión de no tener sueños y aspiraciones, sino de tenerlos contemplando la realidad. Necesitamos un lugar para que la familia pase tiempo junta; necesitamos un proyecto pastoral —igual da grande, que pequeño, que mediano— para hacer parroquias vivas, solidarias y comprometidas independientemente de la situación social. El individualista ‘yo esperaba’ deja paso al comunitario —o como se dice ahora, sinodal— ‘necesitamos’.
Jesús no les envía solos sino de dos en dos y solo con lo más necesario para el camino: sandalias y un baston. El resto lo irán recibiendo conforme lo necesiten. No les envía con un gran proyecto: solo espera de ellos que caminen predicando la conversión, expulsando demonios y ungiendo a los enfermos, es decir, respondiendo a la necesidad de conversión, salvación y sanación.

P. Santiago Martín Cañizares

“Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos” (Mc 6,7).

Babel, Getsemaní, Pentecostés

Una de las cosas que menos gusta en la vida —incluidos a los que tenemos promesa de obediencia— es que te digan lo que tienes que hacer. No gustó a los hombres el mandato creacional de llenar la tierra y someterla. O al menos la primera premisa del mandato, habida cuenta de que el Génesis narra la construcción de una torre con intención de no dispersarse. Lo que ahí se interpreta como un castigo podemos nosotros leerlo hoy a la luz de Pentecostés como una gracia del Espíritu: la confusión de lenguas en Babel ayudó a cumplir aquel mandato inicial.
Los evangelios nos muestran a Jesús en Getsemaní haciendo una petición propia de los constructores de Babel: poder distanciarse de la voluntad de Dios no tomando el amargo cáliz de la Pasión. Una cosa le diferencia de aquellos: Jesús se abandona a esa voluntad que pide no cumplir y derrama su sangre para redimir cada rincón del hombre.
Precisamente, antes de subir al cielo, Jesús hace un encargo a sus discípulos no muy diferente al del Génesis: hacer discípulos a todas las gentes haciendo que el Evangelio llegue a todos los rincones de la tierra. Si en el Génesis fue la confusión de lenguas la que hizo que el hombre se extendiera por la faz de la tierra, ahora es el don de lenguas el que ayudará a los discípulos a cumplir la voluntad del Señor llevando el evangelio a cada rincón del orbe.
El Papa Francisco, que tanto ha incidido en las periferias existenciales, nos ayuda a entender que también el evangelio debe ser predicado, no atendiendo solamente a un criterio territorial, sino a todos los rincones de la existencia del hombre. El evangelio debe empapar la totalidad del género humano —cuerpo y alma—, pero también cada rincón de la sociedad en la que está inmerso. Cada sustrato de la sociedad en la que vivimos debe recibir de nosotros el testimonio evangelizador: cultura, economía, política o sanidad —sin olvidar a los más desfavorecidos y a los pobres de espíritu— son buenos ejemplos de rincones a veces olvidados por nuestra cotidianidad. Es cierto que el cansancio espiritual, la fatiga mental o la pereza nos paralizan, pero hemos de estar seguros de que recibiremos en cada momento la gracia que necesitamos para el mandato y la vocación a la que hemos sido llamados. Depende de nosotros aceptarla como Jesús en Getsemaní o los apóstoles en Pentecostés, o, por el contrario, levantar una torre para defendernos de la voluntad del que —como se repite continuamente en las oraciones de Pascua— admirablemente nos ha creado y todavía más admirablemente nos ha redimido.

P. Santiago Martín Cañizares

“Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,13).

Con palmas al cielo

‘Stabat Mater’. Un poema del Beato Jacopone de Todi

Beato Jacopone di Todi
VERSIÓN GREGORIANA
VERSIÓN DE PERGOLESI

San Guillermo Fitzherbert