Raquel llora a sus hijos. Conmemoración de la degollación de los niños en el Rito hispano-mozárabe

El encargo de Herodes a los Magos que buscan al Rey de los judíos guiados por la estrella, se vio truncado por el aviso del ángel a aquellos hombres que se postraron para adorar a Jesús. La reacción de Herodes fue ejecutar a todos los niños menores de dos años para poder garantizar la muerte de Jesús, y así mantenerse en el trono. Todos estos niños dieron su vida por el Mesías, en lugar de él. El misal romano los celebra en la octava de la navidad -28 de diciembre- con el nombre de Santos Mártires Inocentes, mientras que el Misal hispano-mozárabe conoce esta celebración como Degollación de los niños y la sitúa el 8 de enero.

Rebeca, su llanto y la esperanza de los mártires

El venerable rito hispano-mozárabe ha elegido como primera lectura o Prophetia el texto del profeta Jeremías que habla de Raquel. Raquel llora la muerte de sus hijos que es consolada con la promesa del Señor: Tu futuro rebosa esperanza, volverán los hijos a su patria (Jer 31, 17). A este episodio alude la Oratio post-nómina pidiendo la victoria de los que están en la celebración como se la ha dado a los niños de Belén, recordando la esperanza en los mártires de Raquel:

Dios omnipotente y benigno, Dios de la misericordia y del perdón,
que al pueblo de Belén, la ciudad del Señor,
le otorgaste los gozos eternos, a cambio de las molestias temporales,
como a la santa Raquel, que al llorar a sus hijos,
manifestando el dolor en su llanto rechazaba el consuelo,
pues aunque parecía profundamente conturbada por la reciente pérdida de sus niños,
era sin embargo dichosa, por la seguridad de la pervivencia de los mártires.
Concede, Señor, a todos los que están en este lugar y a todo el pueblo que aquí vive,

que alcancen el premio correspondiente a una vida santa,
lo mismo que estos niños obtuvieron la victoria por su pasión.
Así, por sus méritos,

se logrará la salud de los que viven y el descanso para los difuntos.

La voz de la sangre

La Illatio de esta celebración nos muestra que la santidad es totalmente un don que se manifiesta en estos niños: no tienen uso de razón para confesar la fe, ni voz para anunciar al que es la Palabra, y sin embargo dieron su vida por Cristo.

Así, la locura del furor burlado,
convirtió en mártires a los que todavía, por su edad, no eran confesores,
y los que no alcanzaron la edad de la discreción, sí llegaran a una muerte gloriosa.
La ciega mano del esbirro buscaba con su puñal a Cristo en las entrañas de todos,

y el que en su ignorancia no encontraba a quien interrogar,
en su jactancia no discriminaba a quien hería.
El decreto decía que se matara a todos los que no hablasen,

pero ello no resta mérito a los infantes, los que no hablaban todavía,
pues es más importante clamar con la razón que con la lengua.
No es desdoro que les faltara la palabra,

cuando es patente que perecieron por la Palabra,
y su muerte puso de manifiesto que existe una voz de la sangre.
El éxito coronó a la infancia, que no había alcanzado el uso de la razón.


Imagen de portada: Panteón Real – Real Colegiata de San Isidoro (León).
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