Recursos para la Homilía: XXIII Domingo de Tiempo Ordinario (A)

5. TEXTOS PATRÍSTICOS

San Agustín
Sermones, 82, 7

Buscar la enmienda, evitando la deshonra

¿Qué debe hacer el que sufrió la injuria? Lo que hemos escuchado hoy: Si tu hermano peca contra ti, corrígele a solas. Si descuidas hacerlo, peor eres tú. Él te injurió y, al hacerlo, se produjo a sí mismo una grave herida; tú, ¿desprecias la herida de tu hermano? Le ves perecer o que ha perecido, ¿y te desentiendes? Peor eres tú callando que él injuriando. Por tanto, cuando alguien peca contra nosotros, sintamos gran preocupación, mas no por nosotros, pues es loable olvidar las injurias; pero olvida la injuria que sufriste, no la herida de tu hermano. Corrígele, pues, a solas, con la vista puesta en que se enmiende, sin dejarle avergonzado. Pues cabe que por vergüenza comience a defender su pecado y al que querías hacer más recto lo hagas peor. Corrígele, pues, a solas. Si te escucha, has recuperado a tu hermano, puesto que habría perecido de no haberlo hecho. 

Lo que atéis en la tierra

Esto lo hemos escuchado del Señor, que nos exhortaba aconsejaba y con tanto énfasis nos lo mandaba que, a continuación, añadió esto: En verdad os digo, todo lo que atéis en la tierra quedará atado también en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado también en el cielo15. Comienzas a tener a tu hermano por un publicano: le atas en la tierra; pero atento a atarle con justicia, pues los lazos injustos los rompe la justicia. Una vez que te has corregido y te has puesto de acuerdo con tu hermano, le has desatado en la tierra. Una vez que le has desatado en la tierra, quedará desatado también en el cielo. Mucho concedes no a ti, sino a él, porque mucho fue el daño que causó, no a ti, sino a sí mismo.


El arte de la reconciliación

San Juan Crisóstomo,
Homilías sobre el evangelio de San Mateo, 60, 1

Y notad que no dice: «Acúsale», ni: «Repréndele», ni: «Pídele cuenta y razón», sino: Corrígele. Él está detenido en una especie de pesadez de borrachera, por la ira y por la vergüenza; eres tú, pues, que estás sano, quien ha de ir al enfermo y constituir un tribunal privado y hacer suave y lle­vadera la curación. Porque decir: Corrígele, es como si dijera: Recuérdale su pecado, dile el daño que has recibido de él. Lo cual es ya, si se hace como es debido, un modo de excusarle y de in­vitarle a la reconciliación. ¿Y qué hacer si no hace caso de la corrección y se obstina en su pecado? Toma todavía contigo uno o dos, a fin de que todo asunto se apoye en la boca de dos testigos. Cuanto más desvergonzado e insolente se muestre el pecador tanto más empeño hemos de poner nosotros en su curación, no en nuestra ira y enfado. Cuando el médico ve que la enfermedad se agrava, no por ello ceja en su empeño ni se enfada, sino que entonces es cuando redobla sus esfuerzos. Es lo que el Señor nos manda hacer aquí. Puesto que tú sólo has sido demasiado débil, acrecienta tu fuerza tomando a otros contigo. En verdad, con dos basta para reprender o corregir al pecador. Mirad cómo el Señor no mira sólo al interés del ofendido sino también al del ofensor. Porque, realmente, el que ha sufrido daño es el que se dejó dominar de la pasión. Éste es el enfermo, éste el débil, éste el que sufre. De ahí las veces que el Señor le manda al ofendido que le vaya a visitar: primero solo, luego con otros; y, si todavía se obstina, con la Iglesia entera. Dilo entonces —dice— a la Iglesia. Si el Señor hubiera mirado sólo al ofendido, no hubiera mandado perdonar setenta veces siete veces al ofensor que se arrepiente ni le hubiera procurado tantos correctores de su pasión por tantas veces en­viados. Al primer encuentro que hubiera seguido sin enmendar­se, lo hubiera abandonado. Pero lo cierto es que manda que se le cure una, dos y tres veces: una vez a solas, otra con dos, otra con más.

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