La crisis de los lapsi obligó a la Iglesia del siglo III a custodiar, al mismo tiempo, la seriedad de la fe y la esperanza del pecador arrepentido.
La persecución de Decio dejó en las comunidades cristianas una herida que no terminó cuando cesó la violencia. Muchos creyentes habían ofrecido sacrificios paganos, firmado certificados o negado públicamente su fe para salvar la vida. Cuando el peligro pasó, no pocos quisieron regresar. La pregunta era dolorosa: ¿podía la Iglesia reconciliarlos?
Ni indiferencia ni desesperación
La respuesta no podía consistir en fingir que la apostasía carecía de importancia. Pero tampoco podía negar para siempre la eficacia de la conversión. San Cornelio, obispo de Roma, y san Cipriano, obispo de Cartago, defendieron que los caídos —los lapsi— pudieran recorrer un camino penitencial y recuperar la comunión. Frente a ellos, el rigorismo de Novaciano convertía determinadas caídas en una frontera prácticamente infranqueable.
“fue severo, pero no inflexible con los lapsi”
Benedicto XVI, audiencia general, 6 de junio de 2007
La frase aplicada por Benedicto XVI a Cipriano resume bien el equilibrio católico. La misericordia no llama bien al mal; lo mira de frente, pide conversión y ofrece una medicina. La penitencia no es un precio con el que se compra el perdón, sino la forma eclesial de dejar que la gracia restaure una libertad herida.
La comunión que cuesta la vida
Cornelio y Cipriano no defendieron este camino desde la comodidad. El primero sufrió destierro antes de ser martirizado; el segundo fue ejecutado durante la persecución de Valeriano. Ambos entendieron que la unidad de la Iglesia no es uniformidad administrativa, sino comunión en la misma fe, alimentada por la oración y la Eucaristía. Por eso la disciplina sobre los caídos no era un asunto secundario: estaba en juego qué rostro de Dios mostraba la comunidad.
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