La oración de Juan Pablo II por Europa

UN DÍA COMO HOY…

… el 2 de junio de 1985, aquel año la fiesta de la Trinidad, el Papa Juan Pablo II firmaba la Carta encíclica ‘Slavorum apostoli’ con ocasión de la obra evangelizadora de los santos Cirilo y Metodio después de once siglos.

Además de -como es evidente- hacer una reflexión histórica y teológica de los Santos Cirilo y Metodio, la encíclica contiene un testimonio personal de Juan Pablo II por quienes evangelizaron por primer sus tierra natal: Todos pueden comprender con qué profundo gozo desea participar en esta celebración el primer hijo de la estirpe eslava, llamado, después de casi dos milenios, a ocupar la sede episcopal de San Pedro en esta ciudad de Roma (n. 28). La encíclica concluye con la siguiente oración, a modo de consagración, a la Santísima Trinidad.

Oh Dios grande, uno en la Trinidad, yo te entrego el legado de la fe de las naciones eslavas: conserva y bendice esta obra tuya.

Recuerda, Padre todopoderoso, el momento en el que, según tu voluntad, llegó a estos pueblos y naciones la « plenitud de los tiempos » y los santos misioneros de Salónica cumplieron el mandato que tu Hijo Jesucristo había dirigido a sus Apóstoles; siguiendo sus huellas y las de sus sucesores llevaron a las tierras habitadas por los eslavos la luz del Evangelio, la Buena Nueva de la salvación y ante ellos dieron testimonio de

— que Tú eres Creador del hombre, que eres Padre y que en Ti todos los hombres somos hermanos;
— que por medio de tu Hijo, Palabra eterna, has dado la existencia a todas las cosas y has llamado a los hombres a participar de tu vida que no tiene fin;
— que has amado tanto al mundo que le has entregado como don a tu Hijo unigénito, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María y se hizo hombre;
— que, finalmente, enviaste al Espíritu de poder y de consuelo para que todo hombre, redimido por Cristo, pudiese recibir en él la dignidad de hijo y llegar a ser coheredero de las indefectibles promesas hechas por Ti a la humanidad.

Tu plan creador, oh Padre, culminado en la Redención, implica al hombre viviente y abarca toda su vida y la historia de los pueblos.

Escucha, oh Padre, lo que hoy te implora toda la Iglesia y haz que los hombres y las naciones que, gracias a la misión apostólica de los santos hermanos de Salónica, te conocieron y te recibieron a Ti, Dios verdadero, y mediante el Bautismo entraron en la comunidad de tus hijos, puedan seguir todavía acogiendo, sin obstáculos, con entusiasmo y confianza este programa evangélico, realizando todas sus posibilidades humanas sobre el fundamento de sus enseñanzas.

— Que puedan seguir ellos, conforme a su propia conciencia, la voz de tu llamada a lo largo del camino que les fue indicado por primera vez hace once siglos.
— Que el hecho de pertenecer al Reino de tu Hijo jamás sea considerado por nadie en contraste con el bien de su patria terrena.
— Que en la vida privada y en la vida pública puedan darte la alabanza debida.
— Que puedan vivir en la verdad, en la caridad, en la justicia y en el gozo de la paz mesiánica que llega a los corazones humanos, a las comunidades, a la tierra y al mundo entero.
— Que, conscientes de su dignidad de hombres y de hijos de Dios, puedan tener la fuerza para superar todo odio y para vencer el mal con el bien.

Y concede también a toda Europa, oh Trinidad Santísima, por intercesión de los dos santos hermanos, que sienta cada vez más la exigencia de la unidad religioso-cristiana y la comunión fraterna de todos sus pueblos, de tal manera que, superada la incomprensión y la desconfianza recíprocas, y vencidos los conflictos ideológicos por la común conciencia de la verdad, pueda ser para el mundo entero un ejemplo de convivencia justa y pacífica en el respeto mutuo y en la inviolable libertad.

31. A Ti, pues, Dios Padre todopoderoso, Dios Hijo que has redimido al mundo, Dios Espíritu Santo que eres fundamento y maestro de toda santidad, deseo encomendarte la Iglesia entera de ayer, de hoy y de mañana; la Iglesia que está en Europa y que está extendida por toda la tierra. En tus manos pongo esta riqueza singular compuesta de tantos dones diversos, antiguos y nuevos que forman el tesoro común de tantos hijos diversos.

Toda la Iglesia te da gracias a Ti, que llamaste a las naciones eslavas a la comunión de la fe por la herencia y por la contribución dada al patrimonio universal. Te da gracias por esto, de modo particular, el Papa de origen eslavo. Que esta contribución no cese jamás de enriquecer a la Iglesia,
al continente europeo y al mundo entero. Que no se debilite en Europa y en el mundo de hoy. Que no falte en la conciencia de nuestros contemporáneos. Deseamos acoger íntegramente todo aquello que, de original y válido, las naciones eslavas han dado y siguen dando al patrimonio espiritual de la Iglesia y de la humanidad. Toda la Iglesia, consciente de su riqueza común, profesa su solidaridad espiritual con ellos y reafirma su propia responsabilidad hacia el Evangelio, por la obra de salvación que es llamada a realizar también hoy en todo el mundo, hasta los confines de la tierra. Es indispensable remontarse al pasado para comprender, bajo su luz, la realidad actual y vislumbrar el mañana. La misión de la Iglesia, en efecto, está siempre orientada y encaminada con indefectible esperanza hacia el futuro.

32. ¡El futuro! Por más que pueda aparecer humanamente grávido de amenazas e incertidumbres, lo ponemos con confianza en tus manos, Padre celestial, invocando la intercesión de la Madre de tu Hijo y Madre de la Iglesia; y también la de tus Apóstoles Pedro y Pablo y la de los santos Benito, Cirilo y Metodio, la de Agustín y Bonifacio, y la de todos los evangelizadores de Europa, los cuales, fuertes en la fe, en la esperanza y en la caridad, anunciaron a nuestros padres tu salvación y tu paz; y con los trabajos de su siembra espiritual comenzaron la construcción de la civilización del amor, el nuevo orden basado en tu santa ley y en el auxilio de tu gracia, que al final de los tiempos vivificará todo y a todos en la Jerusalén celestial. Amén.


Oración universal. Un motivo para la creatividad eucológica

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